viernes, 12 de diciembre de 2025

Nota

        Esta novela no se publicará. Por tanto, sólo la recibirán un grupo de amigos y amigas, con quienes deseo compartirla.

        Los capítulos impares están conducidos por la narradora, y en los pares toma la palabra la protagonista, haciendo una novela a dos voces; esta forma de contar una historia me resulta más cercana e intimista, y he querido hacerla así, porque, como lectora, me han resultado más directas las que he disfrutado escritas de esta manera.

    Deseo que te guste. Francis.

Nº de Registro: G.C. – 121 – 2.012
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Dedicatoria

 

A todos los buscadores,

y a los que se han encontrado.


A todos los que han enriquecido

mi vida.


A los que me ayudaron a saber

hasta donde llegaba mi fortaleza.


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INTRODUCCION

 

Todo cuanto existe se manifiesta en círculos:

el cielo, la tierra, las estrellas, los planetas…

El viento en su empuje máximo, gira en un

tornado redondo.

Los nidos de los pájaros son circulares,

igual que las cabañas de los pueblos primitivos.

El sol, la luna y las estaciones, en la percepción

del hombre, comienzan su itinerario en el

mismo punto donde luego lo acaban.

Y en el alma de todas estas actividades,

hay un lugar central quieto, calmado.

El tornado, que conserva un núcleo vacío

y ligero, es una figura de la vida

que ha conquistado un invisible centro de paz.

Un lugar donde morar, que suele llegar

propiciado por la madurez de una vida consciente.


Y en esta cueva del corazón sosegado, vive el presente

como si fuera el último presente.


(Francisca Gracián Galbeño)

INDICE

Nota

Dedicatoria

Introducción


INDICE


1.- Llegada. La casa

2.- Infancia

3.- Arreglos. El primer té del día

4.- La comuna hippie

5.- Arena, conchas y cantos rodados

6.- Regreso a Barcelona. Proyectos

Itinerario por la India

7.- Viaje a la India. El compañero

8.- El hijo. Una vida inesperada

9.- El dolor de los años oscuros

10.- El retorno. La soledad abrazada

11.- Encontrando al toro

12.- Una hippie de pelo gris. La “vuelta almercado.”

Pequeño epílogo


CAPITULO 1: Llegada. La casa.

 

“Fui a los bosques porque quería vivir con

un propósito; para hacer frente, en soledad,

a los hechos esenciales de la vida, por ver

si era capaz de aprender lo que aquélla

tuviera que enseñarme, y por no descubrir,

cuando llegare mi hora, que no había vivido.”


(“Walden.” Henry David Thoreau.

Para qué viví en Walden)


La casita vacía del señor Vila, cerrada y necesitada de una mano de pintura, amaneció un día con un camión delante, y mientras alguien abría la puerta delantera y las ventanas, un joven con un mono azul y gorro de punto bajó del vehículo unas cuantas cajas de cartón, una maleta, una mecedora y una funda de guitarra que, lo más seguro, contenía dentro el instrumento correspondiente.

También descendió del camión una mujer que se quedó mirando la casa que acababa de alquilar: una construcción pequeña, en un extremo del sendero que llevaba a la playa y a unos quince minutos del pueblo. Había más casas no muy lejos, pero la mayoría ya estaban vacías en esta época del año.

La parte delantera de ésta daba a la playa, y la trasera pisaba el camino de tierra que conducía al pequeño pueblo de pescadores, entre Vilanova i la Geltrú y Cornellá, en la provincia de Barcelona. Un pueblito de tan sólo cuatrocientos habitantes, donde había una tienda en la que se vendía de todo y que incluía una pequeña Estafeta de Correos, como un lujo fuera de lugar, puesto que en él sólo vivían pescadores fijos todo el año, y un pequeño grupo de veraneantes que llegaban con los primeros calores, la mayoría hijos, nietos o incluso biznietos de lugareños; en la plazoleta, una Cafetería con unas pocas mesas cerca de las ventanas; cerca, una escuelita que había conocido días de risas alegres y tablas de multiplicar cantadas a varias voces, y hoy apenas tenía una docena de alumnos, y una maestra joven, una ilusionada profesora que aún no estaba quemada, y que no era muy probable que lo estuviera mientras permaneciera allí. Había también una pequeña y antigua botica, donde se encontraban los pocos fármacos que se dispensaban sin receta, pues los otros había que encargarlos; y por último, una pequeña iglesia que hacía años conoció lo que era llenarse en Domingo, e incluso las visitas vespertinas de las mujeres que asistían al Rosario, cuando los habitantes pasaban de mil, y que actualmente sólo se abría los Domingos cuando venía un cura, de otro pueblo, a decir misa, pues los Sábados siempre acudía alguna mujer para limpiarla y prepararla, pero no entraba por la puerta principal, sino por una pequeña portezuela que daba a la sacristía.

La casa del señor Vila llevaba dos décadas vacía, desde que el viejo pescador murió y su esposa se trasladó a vivir con una hija en L´Hospitalet de Llobregat, y ya no volvió. El boticario había contactado con el hijo, y le dijo haber recibido la llamada de una señora con acento extranjero, pero que hablaba español, e incluso le había soltado un par de frases en un catalán perfecto, y le había preguntado si se alquilaba alguna casita de pescadores.


De modo que aquí estaba: una mujer menuda, delgada, con el pelo corto y rizado, negro con vetas grises. El rostro se adornaba ya con algunas arrugas, cerca de los ojos y junto a la boca. La mirada de sus ojos grises, a pesar de su sonrisa al contemplar la casa, era triste y lejana. Sin embargo, sus movimientos eran ágiles, decididos, y revelaban una buena forma física.

Entró en la casita después de que el mozo le trasladara su equipaje, y la inspeccionó. Conocía y recordaba su interior, porque de niña, ya había estado allí una vez.

Carol Bellsolá Monroe, hija de Carles Bellsolá, un arquitecto catalán, y de Linda Monroe, una editora neoyorquina, había visitado el pueblecito con sus padres muchos años antes, y habían sido agasajados por el pescador Joan Vila y su esposa, Aina, con los vasos de agua que pidieron al volver de la playa, más una comida con ellos, de pescado fresco y pan con tomate, y las sonrisas luminosas de dos personas sencillas y satisfechas. Carol, apenas una niña, nunca olvidó aquellas sonrisas.


Ahora, Carol recorrió la acogedora cocina, el dormitorio, grande y desahogado, el baño moderno y el porche delantero. No había más. El alquiler, barato, le permitiría hacer los arreglos que deseara.


Sonriendo, llevó sus cajas y su maleta al dormitorio, donde había una cama de matrimonio y un pequeño armario, suficiente, sin embargo, para su ropa. Encontró toda la casa limpia, pues lo había pedido al enviar el primer pago, y la ropa de cama estaba recién puesta. Olía a lavanda y limón en el interior vacío del ropero, olor que también despedían las cortinas de las ventanas.

Puso la guitarra con su funda en un rincón, a los pies del lecho, para verla al despertarse, y la mecedora en la cocina, lista para sacar al porche cuando quisiera sentarse en el exterior.


Y después de comprobar que había butano, y que las provisiones que había encargado desde Barcelona estaban allí, lavó la tetera recién comprada y abrió la lata del té.


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CAPITULO 2: Infancia.

 

“Oh, la voz que nos lleva

adonde no hay temores ni miserias,

esa música mágica

que vuelve la memoria adonde habita

esa niña en la arena de la playa;

esos días de sol en el tiovivo;

y las tardes de alegres cumpleaños.”


( del poema: “El ángel confuso”, F.Gracián )



“Mi padre fue a Nueva York siendo joven, en 1.958, con veinticinco años y una beca para un máster; y apenas comenzado el curso, conoció a mi madre, Linda Monroe, que trabajaba de mecanógrafa en una gran editorial, Buster & Sons, y enseguida se enamoraron.

El primer encuentro fue en la cafetería de la empresa en la que mi madre prestaba sus servicios, y adonde mi padre fue a buscar a un amigo español que le citó allí.

De modo que Carles Bellsolá, un joven catalán, inteligente y extrovertido, que trataba de hacerse un hueco en el mundo laboral, y preparaba su máster entretanto, entró en el local, bastante lleno por ser la hora del segundo desayuno de la mañana.

Pero a pesar de la gente, vio a una joven sentada en una mesita y le llamó la atención su larga melena de pelo negro. Cuando pidió su café y miró alrededor buscando un sitio, sus ojos se cruzaron con los de la muchacha y ella le sonrió. Él se quedó paralizado; entonces ella le señaló la silla vacía que tenía delante, en su mesa. Y él, procurando no derramar el café con el temblor repentino de sus manos, recorrió los pocos metros que los separaban y se sentó, después de poner con cuidado la taza sobre la mesa.

Así se conocieron mis padres.

Un año después ya estaban casados. Mi padre, que trabajaba entonces en un estudio de arquitectura, se abría camino tímidamente, pero con ilusión, en un mundo competitivo. Era un gran dibujante. Habían alquilado un modesto, pero cómodo apartamento en Brooklyn; durante la semana, el trabajo de los dos llenaba casi todo el tiempo; pero los Sábados hacían juntos la limpieza y la compra, y los Domingos iban al parque más cercano a su casa, paseaban y se sentaban a comer sobre la hierba. Eran felices.

Yo nací tres años después y fui muy bien recibida por unos padres ya impacientes. Cuando vieron mi cabecita de pelo negro, como el de mi madre (y el de la madre de mi madre, de ascendencia mejicana), a los dos les embargó la misma emoción. Yo era algo llorona al principio, pero mamá solía cantarme suavemente, y me tranquilizaba; a veces, en lugar de cogerme en brazos, se asomaba a mi cuna, con su guitarra colgada y tocaba acordes y arpegios, mientras canturreaba bajito. De hecho, entre los primeros recuerdos de mi vida están, el de mi madre con su guitarra, cantando, y el de mi padre, sentado conmigo en el suelo, enseñándome dibujos coloreados que hacía para mí y que yo trataba de imitar lo mejor que podía. Papá colgaba después mis “cuadros” en la pared de mi pequeño dormitorio.


Durante los primeros años de mi vida tuve de canguro, mientras mis padres trabajaban, a una vecina, viuda y mayor, pero muy cariñosa, que se venía a casa, me contaba historias y me leía cuentos; más adelante iba a recogerme al colegio, cuando mi madre no podía. A veces, incluso, tuvo que llevarme y traerme cuando en la escuela había alguna actividad fuera del horario de clases. Fue más una abuela que una canguro y siempre la consideramos de la familia; se llamaba Karen Kowalsky, pues sus padres eran húngaros, pero ella había nacido en América, cuando ellos ya estaban nacionalizados.


Algunos veranos íbamos a Cape Cod, en el estado de Massachusetts, Nueva Inglaterra, donde vivían las dos hermanas de mi madre, y el padre de las tres hermosas jóvenes, que durante un mes al año se reunían para contarse sus vidas, recordar tiempos pasados y dar una oportunidad a que sus hijos se conocieran.

A mí me gustaba ver a mamá tan contenta y oir sus risas, y por las tardes, asistir a las reuniones íntimas de la familia, con mamá tocando el piano o la guitarra, igual que las tías Rosemary y Vera.

Pero de vez en cuando, hacíamos una breve escapada, ya hacia el final de las vacaciones, y nos íbamos a España. Mi padre tenía, enmarcados, dos mapas en la sala de nuestro apartamento: Uno, de España, un mapa escolar en realidad, con sus provincias, y con las Islas Canarias puestas en un recuadro a la izquierda, porque estaban tan abajo de la península, que hubiera sido demasiado grande, y además saldría una gran parte de África, y se trataba, decía papá, de concentrarse sólo en el propio país. Naturalmente, yo aprendí que esas islas no estaban dentro de un recuadro, sino que eso era una convención práctica. El otro mapa, que colgaba a su lado, era de una parte de España llamada Cataluña, donde él había nacido y crecido, en una gran ciudad llamada Barcelona, en la Avenida del Paralelo, “Avinguda del Paral·lel”, como decía él, que conservaba un gran amor por su tierra. Cuando estábamos allí, íbamos al piso que había sido de mis abuelos, y ahora era de mi padre. Lo tenía cerrado, pero una prima se encargaba de cuidarlo, para que no se desluciera. Mi padre tenía el proyecto de terminar sus días en Barcelona, en su casa, que estaba cerca de Las Ramblas y de tantos otros sitios hermosos.

Mi madre hablaba español con mi padre, decía que para practicar; conmigo usaba el inglés; y papá se dirigía siempre a mí en catalán. Así que yo terminé entendiendo y hablando los tres idiomas, sin ser consciente de ello hasta que entré en el colegio y los profesores sólo me permitían hablar en inglés.


No tengo ninguna duda: tuve una infancia feliz. Ningún trauma de mi vida podría achacarse a la época de mi niñez.”


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CAPITULO 3: Arreglos. El primer té del día.

 

“Cada mañana me traía una nueva invitación

a conferir a mi vida igual sencillez, y

me atrevo a decir inocencia,

que la de la Naturaleza misma; he sido

un adorador de Aurora tan sincero

como lo fueron los mismos griegos.

Me levantaba temprano e iba a darme

un baño en la laguna…

La mañana, el más memorable estadio

del día, es la hora del despertar…

Y por lo menos durante una hora,

amanece en nosotros una parte

que sigue luego adormilada durante

el resto del día y de la noche.”


(“Walden.” Henry David Thoreau,

Dónde moré)


La mujer se instaló en su casita y se dispuso a vivir una nueva vida. Pintó ella misma el interior, poco a poco, demorándose con amor en su obra. Los techos estaban bien todavía, decidió; quizá otro año. Pero llegaba el final de Agosto, y quiso proteger el exterior de la casa; eso ya era mucho para ella, de modo que llamó al boticario y le pidió que le recomendara a alguien para pintar el exterior y reparar unos tablones sueltos de la veranda del porche. Y esa tarde, el mismo chico que la ayudó con su equipaje, se presentó en su casa.

Carol le invitó a café y le explicó lo que quería; el muchacho asentía con la cabeza. No era charlatán y a ella le gustó. Quedaron para la mañana siguiente y, antes de irse, el mozo echó una mirada de aprobación a su alrededor.

- Al viejo Vila le hubiera puesto contento lo que está haciendo usted aquí - le dijo.

- Una persona tiene que estar a gusto donde vive.- respondió Carol sonriendo.

Y le acompañó un rato por el camino trasero, que iba hacia el pueblo. En el sendero que, saliendo de la puerta delantera (la única que había) rodeaba la casa, la mujer había comenzado a orillar los bordes con piedras recogidas en la playa; y en el porche puso un gran cuenco, en el escalón de arriba, cerca de la columna de la derecha, mirando hacia la playa, y lo llenó de arena dorada y bien seca por el sol; porque le gustaba sentarse allí al atardecer y mientras miraba el mar y recordaba viejos tiempos, o en ocasiones canturreaba sus mantras, o las canciones de su madre, hundía una mano en el recipiente y se dejaba acariciar por la arena cálida.


La casa empezó, poco a poco, a vestirse de calma y bienestar; Carol colgó un tapiz de vivos colores procedente de la India, y puso unas barquillas de madera para el incienso que prendía de vez en cuando. En una esquina de la cocina se hizo un hueco para poner una pequeña sala. Usaba pocos cacharros, y sus comidas sólo requerían una sartén para hacer algo a la plancha, y una olla para sus verduras y arroces; había llevado una gran ensaladera y una tetera, porque le molestaba una cocina con demasiados trastos. Incluso para hacer café, utilizaba un pequeño cazo y un colador de tela. Unos pocos vasos, platos, cubiertos y un par de tuppers. No había más.

En su “sala”, la mecedora, una mesa baja de madera con su banqueta y una estantería rústica y pequeña, donde puso sus pocos libros, sus grandes libros, que fueron de sus padres y que ella conocía y amaba desde niña: Una Biblia en castellano, que viajó a Nueva York con un ilusionado arquitecto que buscaba un destino, en versión Reina-Valera, porque Carles Bellsolá era protestante; un ejemplar del “Bhagavad Gita,” también de su padre, y comprado en Argentina, porque entonces en España no se vendían según qué libros, y que fue muy leído por Carol en una época de juventud algo agitada y, sobre todo, después de que volviera de la India; un tomo de poemas de Antonio Machado, el poeta preferido de sus padres y de ella misma; entre sus páginas contenía, copiadas a mano, algunas hojas de cuaderno con los poemas más profundos de Amado Nervo; un libro de poemas de Joan Maragall, en catalán, algo ajado porque acompañó muchas tardes solitarias de un hombre que se consolaba leyendo poemas hermosos en su idioma materno, el primero que oyó incluso antes de nacer; El libro “Walden,” de Henry David Thoreau, el filósofo americano que preconizaba la vida sencilla, en inglés; un tomo de los “Ensayos Escogidos,” de Ralph Waldo Emerson, otro filósofo, amigo del anterior, también en inglés; un libro pequeño por fuera, pero grande y profundo en su interior, los “Tratados Morales”, de Séneca, el filósofo cordobés, en español; el pequeño librito titulado “Regalo del Mar”, de Ann Morrow Lindbergh, en inglés; y una novela, el único libro renovable de su minúscula pero exquisita biblioteca. Y dicha novela, en estos momentos, se llamaba “El velo pintado”, del autor inglés W. Somerset Maugham, en castellano.

Carol colocó también sobre la estantería cinco fotografías: una de sus padres, jóvenes, sonrientes y enamorados; una de ellos dos con una Carol de cuatro años, jugando en la arena de un parque: sucia de tierra y totalmente feliz (detrás, en segundo plano, su vecina Karen Kowalsky); la tercera era la foto de un niño de unos diez años, parecido a Carol, reclinado en un cochecito de minusválido y con una sonrisa en los labios y la mirada ausente; la cuarta, ella, jovencita, con indumentaria típicamente hippie, en una playa de la India, de pie, mirando al mar, y el sol acariciando sus cabellos y su rostro. La quinta mostraba un grupo de doce jóvenes hippies, que sonreían felices; las ropas deslucidas, pero el sol brillando en sus miradas.


El té era el primer ritual del día, muy temprano, antes de amanecer. Ella salía con la taza humeante y se sentaba en el porche, sobre el escalón superior, y lo bebía lentamente, mientras observaba los cambios en el cielo y en el mar, precursores del día que nacía: el firmamento, de color negro azulado, se iba tornando en azul cobalto, volviéndose al poco tiempo de un azul ultramar que se pintaba de manchas lilas y más tarde, rosas: entonces se asomaba el sol, con timidez, y mantenía su color dorado hasta que el mar se animaba y lo recogía en su sábana, que había estado adueñándose de todos los colores que habían desfilado por su superficie, y se iba aclarando aunque con su propio ritmo, más lento, y con un compás dirigido por los cantos estridentes y alegres del montón de gaviotas que ocupaban la arena, desde que llegaban las claras del día, y que esperaban, como Carol, la caricia del sol cada mañana.

Ella asistía a estas alboradas y era testigo de este pequeño milagro, absorta, atenta, en silencio.


Y cuando el sol se levantaba en todo su esplendor, entraba en casa, se vestía con un pantalón de chándal y una camiseta y realizaba sus ejercicios de Tai-Chi, dejando el Yoga para el anochecer. Porque, habiendo conocido estas dos formas de ejercicio interno y externo en sus viajes, ya no pudo excluir a ninguno de ellos de su vida.


Carol los llamaba “mis dos pilares de paz.”



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CAPITULO 4: La comuna hippie.

 

“Todo se serena en una contemplación suave,

todo recobra su proporción y permanece vivo,

pero en paz… No se precisa más

que dejarse elevar recto como los pinos

e ir libre y armonioso como el viento;

dejarse dorar por el sol como las montañas

y dar humildemente, como el matorral,

el aroma propio.”


( “Obras Completas”. Joan Maragall)


“ Hacia 1.976, cuando yo tenía catorce años, se rompió la magia de mi infancia feliz; es decir, la rompí yo.

Mi padre seguía como siempre, pero a mi madre se le volvió el humor cambiante. Él, paciente, trataba de entenderla, pero yo era una adolescente, quería tener algo de independencia, de libertad. Me volví arisca, contestona, llegaba tarde continuamente, mis notas bajaron, y el sueño de mis padres de enviarme a Harvard, se esfumaba con rapidez.

Papá achacaba los cambios de humor de mi madre a que yo me había vuelto una adolescente de carácter verdaderamente inaguantable, y siempre procuraba mediar entre nosotras. Yo había empezado ya a salir con chicos y un noviete me dio mi primera cerveza y mi primer porro. También me convenció, teniendo ya los dos quince años, para tener mi primera experiencia sexual; yo accedí con un poco de miedo y conseguimos un coche prestado, condujo él hasta un camino solitario y nos fuimos al asiento trasero. Lo que yo no sabía es que era también su primera vez y la cosa no le salió como esperaba, así que me dio el primer bofetón que yo recibía en mi vida, y no consintió en marcharse de allí hasta que dejó demostrado que era un hombre muy macho.

Después de esa tarde, ya no quiso salir más conmigo, con gran alivio por mi parte. Pero no aproveché la oportunidad para cambiar mi vida rebelde, a pesar de las broncas de mi madre y las reflexiones y la tristeza de mi padre.


Cuando cumplí los dieciséis años, a mamá le diagnosticaron un tumor cerebral, lo que explicaba aquellos súbitos cambios de humor, y no tuve más remedio que hacer un paréntesis en mis actividades, para ayudar a mi padre en el cuidado de mi madre, pues él no quiso dejarla en ningún sitio fuera del hogar, y yo, enfrentada a un terrible y cercano futuro, quise redimir mis culpas y le dije a papá que contara conmigo.

Él pidió una excedencia en su trabajo, pues tenía unos ahorros, suficiente, me dijo, para que a ella no le faltara de nada, y yo intenté dejar el instituto, pero sólo me quedaba un año y papá no lo consintió. Karen Kowalsky, que seguía siendo nuestra amiga, ya era muy mayor para los trabajos duros, pero una sobrina suya accedió a venir por las mañanas, cuando yo iba a clase, y bañaba a mamá y la atendía, compraba y cocinaba. Karen solía pasarse un rato todos los días, pero sólo dejábamos que se sentara con mamá y la acompañara.

Las tardes eran para nosotros tres; el tumor de mi madre no era operable, por lo que le recetaron una medicación y el doctor trató de darnos ánimos.

Mi padre siempre fue de natural afable y sentía un gran amor por mi madre, y yo admiré, sobre todo en aquellos meses, la manera que tenía de tratarla, de hablarle, de llevarla en brazos del sillón a la cama y de cantar para ella, bajito, mientras la arropaba.


Linda Monroe, la muchacha de pelo negrísimo que deslumbró a Carles Bellsolá, el joven español que apareció un día por la cafetería de su empresa, estuvo enferma ocho meses, y una noche se marchó dulcemente, mientras dormía. Papá y yo, que estábamos sentados en una silla, cada uno a un lado de la cama y le teníamos cogidas las manos, habíamos caído en un sueño ligero. Pero cuando ella dejó de respirar, los dos nos despertamos sobresaltados, y al cerciorarnos de que nos había dejado, nos miramos como dos niños huérfanos, mientras liberábamos, en silencio, las lágrimas retenidas durante tanto tiempo.



Mi padre volvió a su trabajo y a su vida diaria pero ya nunca volvió a ser el hombre alegre que yo conocí, y aunque conmigo seguía comportándose de forma cariñosa, yo lo notaba algo lejano.

Hoy en día, cuando miro mi juventud en retrospectiva, me pregunto cómo pude ser tan egoista y abandonar a mi padre, precisamente en unos momentos tan duros para él; y me gustaría encontrar una buena respuesta, para que me doliera menos. Pero ya es demasiado tarde, y sólo espero que si él me está viendo de alguna manera, sepa que lo lamento muchísimo.

Ya estábamos en 1.979, a finales. Apenas graduada en la enseñanza secundaria, estuve unos meses sin saber qué hacer; al cabo de un tiempo me busqué un trabajo de camarera en una cafetería cercana, y un día entró en ella un chico de pelo largo y sonrisa seductora, y después de un par de meses, íntimos ya, me convenció para irnos los dos a San Francisco, a vivir a una comuna hippie, y me marché con él, sólo con una mochila de ropa y una guitarra que compré de segunda mano, pues a papá le hubiera sentado mal que me llevara la de mi madre.

Él no me puso impedimentos para que me fuera, aunque aún no tenía cumplidos los dieciocho. Sólo me recomendó que pensara siempre en las consecuencias de mis actos, que le escribiera o le llamara de vez en cuando, si podía, y después me llevó al rincón de la sala donde tenía su despacho, me dijo donde estaban sus documentos y el teléfono de su abogado, me enseñó la escritura de su piso de Barcelona y su testamento, en el que figuraba yo como heredera, y dejaba un legado para su prima Anna, que había sido su compañera de juegos, vivía también en la Avinguda del Paral·lel (ahora ya sólo hablábamos entre nosotros en catalán), cerca de nuestro piso y se lo cuidaba con amor, esperando nuestra visita y el ansiado retorno de mi padre. También había un legado para nuestra amiga Karen Kowalsky, y en caso de fallecer ésta antes que mi padre, esa cantidad sería para su sobrina, la que cuidó tan bien a mi madre.

Mi padre sólo tenía cuarenta y seis años, y un pozo de tristeza en el corazón que yo no supe ver.

Y a los dos días de aquella conversación, me dijo adiós, sin ningún reproche, y me miró con un cariño infinito, mientras agitaba la mano y yo subía a la furgoneta de Kevin.


El movimiento hippie llevaba ya unos años en el mundo, y San Francisco era la meca de esa nueva religión. Allí proliferaban los lemas, las comunas, las túnicas, los collares de flores y de cuentas de bisutería, las trenzas, las melenas masculinas, los anillos de plata, el Yoga, la meditación, el hachís y el oportunismo. Yo lo encontraba todo muy estimulante.

Mi camastro en la comuna me pareció de lujo; el vegetarianismo, la única opción decente de alimentarse; los discursos del gurú de turno, el colmo de la sabiduría; y el amor libre, una manera generosa de compartir.


Tuve suerte y fui a caer en un grupo de unas cincuenta personas que eran, en su mayor parte, gente idealista y con buenas intenciones, lo que no siempre ocurría, según supe después.

Pero yo estuve unos meses viviendo en una nube de felicidad, y me sentía muy virtuosa y mejor persona. Llamé a mi padre a la llegada, y después lo hacía cada vez más espaciado. Él me decía que estaba bien y con proyectos, y yo fingía creerle porque eso era lo que a mí me interesaba.


Me gustaban la meditación, el Yoga, los cantos, las danzas, las canciones acompañadas con guitarras, armónicas y flautas, a veces pequeños tambores, y hasta vender las artesanías que hacíamos. Íbamos los Sábados y Domingos a las plazas y mercadillos; yo llevaba, sobre todo, dibujos, y hacía retratos a petición: a lápiz y carboncillo, a sanguina, a plumilla, es decir, a bolígrafo. Cada uno vendía lo que había realizado, y después el dinero se ponía en común.

Todo se hacía de manera voluntaria; incluso los emparejamientos eran optativos, no forzados. En teoría estaba bien, pero yo no comprendía cómo Kevin, con el que ya llevaba meses de “novia”, me podía sugerir una pareja para la noche siguiente, algún “hermano” necesitado, y él también atendía a una “hermana”, y al día siguiente me decía que me quería, mirándome a los ojos. Supongo que una parte de mí era aún demasiado convencional y burguesa.

Al final, Kevin y yo llegamos a mirarnos de manera indiferente y no estábamos juntos más a menudo que con otras personas. Y un leve matiz de desencanto se instaló en mi corazón.


A punto ya de cumplir veinte años, reparé en cuánto tiempo hacía que no veía a mi padre, y en un impulso repentino, le llamé. Cuando respondió a mi llamada, le dije que le quería y me eché a llorar, y adiviné que él también, aunque simuló un catarro para explicar su ronquera. Le dije que estaba bien, pero que deseaba volver; no tenía dinero para el billete, porque todo lo entregábamos en la comuna, y él me prometió enviármelo a la oficina de Correos, para que lo recogiera allí.

Me despedí de todos, uno a uno, lo que me llevó dos días, porque lo hacía en “ratos libres”, y manteniendo una conversación en cada despedida. No me iba por diferencias, sino porque sentía que mi tiempo allí había terminado y mi sitio estaba en otra parte. Pero metí en mi equipaje todo lo bueno que me había ofrecido aquel grupo de gente. Mi despedida de Kevin no fue traumática, ni mucho menos: él, sabiendo que le llegaba el turno de charlar conmigo por última vez, se había fumado con antelación un buen porro.


Tomé el autobús de la compañía Greyhound, de largo recorrido y me dispuse a efectuar el balance de mi vida en este viaje, que era pausado, con muchas paradas, muchos pueblos y varios días. No llevaba más equipaje que mi mochila de ropa, pues la guitarra se la había dejado como regalo a Molly, una pelirroja de Nueva Jersey, que me la había pedido con timidez.


En ese momento me alegré de no haberme llevado a la comuna la guitarra de mi madre.”


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CAPITULO 5: Arena, conchas y cantos rodados

 

“El coleccionismo vive dentro del ser humano

desde tiempos inmemoriales.

Primero, se hacía acopio de comida, si se podía,

y de útiles para la supervivencia. Después, alguien vio

la belleza contenida en algunos objetos, ya fueran flores,

troncos, vasijas, piedras… No sabemos qué impulsó

a la primera persona a reunir muchas cosas de la misma

especie, a veces sin necesidad ni utilidad, pero había

nacido el primer coleccionista. Y no hay duda de que es

una actividad que produce placer a algunos.

Una de las primeras colecciones sería de objetos

encontrados en la naturaleza, como piedras, hierbas o conchas.

Estas últimas tuvieron doble uso, pues además de reunirlas

por el placer de mirarlas, fueron usadas como monedas

por muchos pueblos prehistóricos. Pero yo siempre

preferí, sobre todo, la belleza singular que refleja

un puñado de arena de playa.”

(Francisca Gracián Galbeño )


El coleccionismo no era una de las aficiones de Carol, aunque nadie lo hubiera dicho si la hubiera visto buscando piedras en la playa: llevaba un cestillo y cuando encontraba una que le gustara, la cogía, la miraba por las dos caras, le soplaba la arena pegada y la ponía delicadamente junto a las otras.

Esta actividad la dejaba para la hora del baño, a media mañana. Aunque ya en el mes de Septiembre hacía fresco y muchos días había resaca, la mujer estaba dispuesta a no dejarse amilanar por el tiempo…todavía.


Estaba construyendo su entorno a conciencia, rodeando su hogar y su vida a base de adornos naturales: con las piedras orillaba el camino que, saliendo de la puerta, torcía a la derecha y seguía la pared lateral de la casa, y al llegar a la parte trasera, se unía al viejo caminito que hicieron los pies del viejo Vila y su familia, cada vez que iban y venían del pueblo. Este sendero era de tierra batida, pero Carol comenzó a esparcir arena de la playa por la parte más cercana a la casa, como si quisiera seguir pisando la orilla del mar hasta que los primeros vestigios de civilización la avisaran de que se estaba acercando a otro lugar donde no estaba ella sola.

Con las conchas hacía móviles para colgar en el porche y sentirlos con el viento, cuando a ella le parecía que cantaban su propia canción, primitiva y sencilla, que sólo podría entender una persona con el corazón totalmente removido, como ella. Además, en cierto modo, le recordaba algunas tardes agradables y lejanas pasadas en la comuna, cuando Molly la acompañaba con unas conchas simulando castañuelas, mientras ella tocaba la guitarra, y las dos canturreaban, para disfrute propio y del grupo.

Puso unos tiestos de geranios en la veranda, pues le alegraban la vista y al tocar las hojas, sus manos se impregnaban con el olor de su infancia, pues en su apartamento, sus padres tenían siempre un par de macetas de esas flores.

La arena tenía dos funciones: una, calmar las molestias que sentía a veces en la mano derecha, secuela de un accidente doméstico de su juventud; la otra, reflejar en sus pequeños granos multicolores la belleza del sol y recordar a la mujer que los miraba mientras pisaba con sus pies descalzos, o los dejaba deslizarse entre sus dedos, que nada, ni siquiera la dureza de las rocas, permanecía para siempre.


Una vez arreglado todo a su gusto, Carol se hizo su rutina, de meditación, ejercicio, comida, lectura, dibujo, etc., y asignó un tiempo para ir al pueblo: cada tres días, recorría el sendero bordeado de piedras que iniciaba el acercamiento a la sociedad; iba a la tienda a comprar sus verduras y su pescado, y encargaba los productos que no se vendían allí: arroz y pan integral, soja en formas variadas, infusiones… Hubiera podido traerlos ella de Barcelona, si hubiera querido ir, o encargarlos a algún vecino que fuera a la ciudad. Pero Carol deseaba que los tenderos tuvieran la oportunidad de ganar con su estancia, porque si algo había aprendido, era a colaborar con la gente del lugar donde viviera.

Al principio, se limitaba a la tienda y la botica, pues cualquier encargo que necesitara hacer, lo realizaba a través del amable dueño, al cual, como a otros habitantes de allí, le hacía gracia y enternecía su corazón aquella neoyorkina que les hablaba catalán sin acento extraño, pues no sabían que su padre y ella nunca se hablaron en otro idioma. Más adelante, descubrió una pequeña papelería, minúsculo mundo con olor a papel y a días de infancia, según le pareció a la mujer, que había crecido entre libros y planos y apreciaba esos aromas más que los de un perfume de París. Así que se añadió como cliente adquiriendo unos cuadernos cuadriculados.


Poco a poco comenzó a charlar con la gente. Pero procuraba no dar pie a intimidades con nadie. Los lugareños la veían volver a su casa sin hacer comentarios; ellos, hombres del mar, eran tan solitarios como ella, y sus esposas, igual de impenetrables.

De modo que la parte de sendero que estaba más cercana a la casa de Carol, sólo dibujaba las huellas de ella, y esto fue así durante mucho tiempo. Durante todo aquel invierno, el primero en que ella empezó a sentir que podría recobrar, por fin, la paz que había perdido tanto tiempo atrás.


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CAPITULO 6: Regreso a Barcelona. Proyectos.

 

“El verdadero acto del descubrimiento

no consiste en salir a buscar

nuevas tierras,

sino en aprender a ver

la vieja tierra con nuevos ojos.”

(Marcel Proust)



“Cuando llegué a Nueva York y el autobús se detuvo en el andén de la estación, miré alrededor buscando a papá, pues eran sólo las cuatro de la tarde de un hermoso día de primavera, y yo le había dicho cuándo llegaría, al sacar mi billete en San Francisco, y le había vuelto a llamar el día anterior desde la cabina de la gasolinera donde hicimos una parada. Pero no lo vi, y cuando el recinto se fue quedando vacío, sentí un poco de temor; no sabía qué pensar, si mi padre estaría molesto, o enfermo, o simplemente desmemoriado.

Y con un suspiro de aprensión emprendí el camino a casa: ocho manzanas, que me recorrí a paso ligero.

Cuando llegué y llamé al porterillo, durante unos momentos miré a mi alrededor; y me pareció que el entorno tan familiar me daba una cálida bienvenida; subí las escaleras en cuatro saltos y al encontrar a mi padre al lado de la puerta abierta, con una mantita sobre los hombros, se me hizo un nudo en el estómago, pero procuré que no me notara la impresión que me había causado.

- ¿Cómo te encuentras, papá? ¿Estás enfermo?- le pregunté.

- No, cielo. Es sólo un poco de gripe, llevo así un par de días.- me respondió para tranquilizarme.

Entramos en la sala, donde él había estado sentado en su mecedora, y se volvió a sentar, poniéndose otra manta sobre las rodillas.

Le miré con atención y vi que tenía los ojos brillantes: no sabía si eran lágrimas o fiebre; tal vez las dos cosas.

Todo estaba muy limpio; papá me dijo que venía por las mañanas una mujer, la sobrina de Karen, que era de confianza, y además de limpiar, cocinaba el almuerzo y dejaba la cena preparada para calentar.


De nuevo evitamos los temas escabrosos; enseguida comprendí que mi padre estaba delicado y cansado. Karen, a quien fui a saludar al día siguiente, me dijo que estaba preocupada: desde que murió mi madre, él ya no era el mismo; y me sugirió, con mucha suavidad, que le dedicara mi cariño y mi compañía. Yo, que venía de la comuna, y de la experiencia hippie con el espíritu “amansado”, le prometí a mi querida “abuela” que me quedaría el mayor tiempo posible.


Pasaron dos semanas, y mi padre seguía enfermo, así que le convencí y llamé al médico, el cual vino a casa, pues era un viejo amigo; estuvo reconociéndole y después nos dijo que pasáramos por su consulta al día siguiente, porque necesitaba hacerle a papá un electrocardiograma.

Después de la consulta, diagnosticó una arritmia y gran insuficiencia cardíaca; le prescribió unos medicamentos, descanso y ejercicio suave cuando estuviera mejor. Y nada de volver al trabajo, de momento.


Aunque se recuperó algo al cabo de unos días, era evidente que no se iba a curar, eran muchas las señales que yo advertía, tanto físicas como emocionales. Y sin decirnos nada el uno al otro, nos fuimos preparando para vivir la vida de otra manera.

Él no me preguntó nunca si pensaba volverme a marchar, y yo me comporté como si fuera a quedarme ya para siempre. Pero creo que los dos intuíamos que nuestra mutua compañía era algo provisional. Yo volví a mi trabajo de camarera, sólo por las mañanas, cuando la sobrina de Karen estaba con él; y por las tardes, papá dormitaba, o leía, o a veces dábamos un pequeño paseo.

Aquel verano, cuando salíamos, él se quedaba contemplando el paisaje: los árboles, las nubes, las calles, incluso se detenía a observar a las personas. No decía nada, y a mí me daba la impresión de que se estaba despidiendo; y yo volvía a veces la cabeza, para que no viera la angustia pintada en mi rostro.


Un día llegué a casa a las dos de la tarde, como de costumbre, y encontré a mi padre vestido, recién llegado de la calle; estaba muy cansado y dejó las explicaciones para más tarde.

Y después del almuerzo y de su pequeña siesta, me contó lo ocurrido:

“ Me llamaron de la oficina hace una semana. Yo ya no puedo trabajar, me lo ha dicho el médico hace unos días; me pidieron que acudiera, porque ayer se reunió el Consejo de Administración y querían hacerme una oferta, así que fui; tengo allí muchos amigos, siempre he trabajado para la misma empresa, y me han ofrecido una buena indemnización para que me retire. Y he aceptado, es bastante dinero.

Y ahora, Carol, voy a pedirte un favor: ayúdame a volver a España, a Barcelona. Quiero morir allí, quiero ver Las Ramblas, el Puerto, Montserrat a lo lejos, si no puedo subir. Quiero terminar mis días donde los empecé, oyendo hablar mi idioma, no sólo en casa, sino en todas partes, que me envuelva como una música, como una nana, el día en que me vaya…No abandono a tu madre, porque ella no está dentro de su tumba, sino dentro de mi corazón. Ven conmigo, y después puedes vivir donde quieras; por favor, hija.”


En dos semanas deshicimos lo que habíamos tardado media vida en construir; pero yo sentía que le debía a mi padre la satisfacción del único deseo que me había pedido en años, y que seguramente sería el último.


Nos despedimos de Karen y de su sobrina, que recibieron un legado cada una, a través del abogado de papá, sin esperar a su muerte.

El apartamento, vacío de nuestras cosas, nos decía adiós en silencio; solamente nos llevamos nuestras posesiones más personales e imprescindibles, entre las que se contaban la mecedora de papá y la guitarra de mamá, a quien habíamos despedido dos días atrás, en un luminoso amanecer de Julio de 1.982.



Mi padre y yo vivimos en Barcelona durante casi dos años; y en este tiempo estuvimos volcados el uno en el otro, y creo que recuperamos todo el tiempo perdido.

Su prima Anna estaba feliz, y la veíamos todos los días. Incluso pareció que

papá mejoraba: a veces, hasta se reía con alguna broma.

Solíamos pasear y tomar el sol, y visitábamos a la prima Anna y a su hija Laia, que llevaban entre las dos una librería de su propiedad cerca de su casa, en la misma Avinguda del Paral·lel. Anna y Laia me habían ofrecido un trabajo allí, a espaldas de papá, porque sabían que yo ahora no podía, y ellas siempre añadían:”Más adelante, cuando ya…” Y dejaban la frase en suspenso.


Carles Bellsolá fue a encontrarse con Linda Monroe, su amada, en Diciembre de 1.984, en una gélida tarde de invierno, para asistir a una cita que llevaba esperando desde 1.979. Él sólo se retrasó cinco años, y cuando se marchó, apenas había cumplido los 51.

Sabía que debía aposentarme y tomar el rumbo de mi vida; pero creía que aún me quedaba por hacer algo antes de eso: viajar a la India; visitar las ciudades sagradas y algún ashram.

Molly y Kevin, a quienes llamaba de tarde en tarde, me dijeron que se estaba formando un grupo para ir, y me apunté.


Anna y Laia lo comprendieron; prometieron cuidarme el piso y, en un gesto de generosidad, mantener, para mí, un puesto de trabajo en su librería.


Llegaron a Barcelona como un conjunto de alegres mariposas de colores y, cuando bajaron de su furgoneta, tan adornada, creí estar en un jardín.

Hacía dos meses que mi padre había fallecido, y yo necesitaba ya moverme, “estirar mi cuerpo y mi alma”, y estaba convencida de que lo que me vendría bien era un viaje a la India.

Me encontré con mis antiguos compañeros de comuna en el lugar convenido y estuvimos juntos todo el día. Pero no los invité a mi casa; había algo, una sensación que me impedía hacerlo, y al día siguiente lo comprendí: una parte de mí ya se había vuelto cauta, prudente, y sentía que sólo pertenecía al grupo en parte, no enteramente y sin reservas, como antes.

Así que les dije que vivía con unas tías mayores y que no podía llevar visitas. La realidad es que tenía la intención de quedarme a vivir en mi piso permanentemente, después de mis viajes, y deseaba conservar el respeto de mis vecinos, casi todos gente mayor. Ninguno de mis amigos me pidió tampoco ver mi domicilio: estaba claro que nuestra asociación era sólo para el viaje, yo no estaba ya en su círculo íntimo. También les advertí de que no tendría sexo con nadie que yo no deseara; pero iban muchas chicas, y a ninguno le preocupó lo que dije.


Durante unos días hicimos acopio de alimentos energéticos y de poco peso, agua embotellada y un par de botiquines de urgencia. Cada uno llevaba una mochila con su ropa, los documentos personales y algo de dinero. Yo, previsora, llevaba escondidos en mi cinturón de cuero unos cheques de viajero de una entidad americana, que servían para cualquier lugar del mundo. Un bostoniano alto y atractivo llamado Jason, se ocupaba de los permisos, visados y mapas. Kevin era el responsable de que no faltara el gas-oil para la furgoneta, que tenía pintado el nombre de Tallulah Belle.


Nuevamente me compré una guitarra para el viaje y dejé la de mi madre, dentro de su funda, a salvo, en mi piso del Paral·lel.


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ITINERARIO POR LA INDIA

 


CAPITULO 7: Viaje a la India. El compañero.

 

“Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar, se hace camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino,

sino estelas en la mar.”


(Antonio Machado)







Carol pensó que un viaje a la India era lo que necesitaba para recobrar su equilibrio, y como otras veces en su vida, no vio razones para descartar lo que había decidido. Aunque sus compañeros habían tardado en reunir un mínimo del dinero que iban a necesitar, la joven tenía lo necesario para hacer frente a sus gastos durante mucho tiempo.

Dejó en la cuenta de su tía Anna una cantidad suficiente para cubrir las facturas de su piso un año largo, sacó y colocó sobre sus muebles las fundas blancas recién lavadas, guardó todo lo que pudo en cajas y cajones, y el penúltimo día lo pasó en la librería de sus parientes y comió con ellas, para despedirse.

Y un Sábado de principios de Marzo, la alegre y colorida Tallulah Belle salió de Barcelona en dirección a Francia, costeando. Sus ocupantes tenían la intención de llegar por carretera hasta Italia, embarcar hasta Grecia, y después dirigirse a Turquía, pasar por Irak, Irán, Afganistán y Pakistán. Después, la India, el paraíso soñado por los hippies de todos los tiempos y países.

Era como una peregrinación, como el camino de Santiago. Todos hacían la misma ruta, o parecida, comían la misma comida, cantaban los mismos mantras, vestían la misma ropa, soñaban los mismos sueños…

Todos buscaban lo mismo: un gurú que les diera la iluminación instantánea, con un ritual, una oración, o un baño en un río sagrado. La felicidad, no tener que preocuparse más del sinsentido que la vida les traía a diario.

Gente anónima, gente famosa, ricos caprichosos, personas sin mucho dinero que habían pasado unos años arañando las monedas que podían, para cumplir este sueño, el más importante de sus vidas. Fuera cual fuese el resultado, el viaje que hicieran a la India les permitiría sentirse siempre especiales. En ese sentido, el camino recorrido no podía por menos de ser un éxito.

Y algunos viajeros, más bien peregrinos, encontraron el sendero hacia su propio interior, y aunque nunca se les ocurriría contarlo, hallaron un tesoro mayor que el que buscaban y pasaron el resto de su vida contemplando su hallazgo, con un sentimiento de maravilla. Se les podría reconocer por su sonrisa suave y su mirada brillante y amorosa. Pero habría que fijarse mucho, y a estos afortunados no les gustaba exponerse a la curiosidad ajena, por lo que no frecuentaban ciertos ambientes.


Los doce jóvenes que viajaban en la Tallulah Belle llevaban el mismo entusiasmo que todos los que habían pisado aquellos senderos, caminos y carreteras.

Quizá Carol tenía un estado de ánimo diferente, y ella lo achacaba a la reciente muerte de su padre. El caso es que, aunque se alegraba como todos, con cada suceso o paisaje, siempre miraba más allá, intentando encontrar respuestas.


Italia le encantó: la luz, la gente, la alegría de vivir, la despreocupación, algo que ella y sus amigos ya habían conocido y aún les guiaba.

En Grecia, cada vez que miraba el paisaje, recordaba a su padre, el cual le había relatado unas vacaciones que pasaron allí en familia, cuando Anna y él eran niños, y sus padres, que eran hermanos, convencieron a sus esposas y estuvieron todos ellos dos semanas inolvidables en Corfú.

Admiraron la Mezquita de Santa Sofía, en Estambul, y pasearon por sus calles; las muchachas se cubrieron los cabellos con un velo, aunque allí no era preceptivo, y con la ligereza de la juventud, lo tomaron como una diversión.


Los cuatro países siguientes los atravesaron con ciertas precauciones, aunque en esos tiempos no eran aún peligrosos para los occidentales.

La gente se mostraba amable, les ofrecían dátiles y té, les invitaban a sentarse con ellos a las orillas de los caminos, y se les veía encantados cuando los muchachos y las chicas cantaban, tocaban sus instrumentos y danzaban; al rompérseles una pieza imprescindible de la furgoneta, dos pakistaníes acompañaron a Jason y a otro de los chicos, llamado Kenneth, desde el pueblo, que estaba a más de dos horas de Karachi, para comprar un repuesto allí.

Pero cuando se enteraron de que los chicos querían entrar en la India, comenzaron a decir que no con la cabeza y enviaron a buscar a un hombre mayor, que hablaba algo de inglés, y se enteraron de que la furgoneta no podía entrar en la India:

-¡La ley es así!- decía el pakistaní; y les dio la dirección de un matrimonio americano que vivía allí, en Karachi, los cuales seguro que les guardarían el vehículo en su garaje hasta la vuelta, si querían, por un módico alquiler.

Así que no tuvieron otra opción que repartirse la carga, dejar a Tallulah Belle, con su combustible de repuesto en la cochera de los americanos, pagarles por adelantado el alquiler de seis meses, que era lo que pensaban estar en la India, y confiar en su honradez. Ellos les dieron un recibo y les permitieron llevarse los papeles. Y los muchachos les copiaron los números de registro de la furgoneta y les firmaron un papel, donde se especificaban los datos de Jason, que era el dueño, y decía que éste dejaba el vehículo para ser guardado hasta su regreso.

Los viajeros cargaron con sus mochilas, ahora más pesadas, y echaron a andar. Y una tarde, asomaron por el recodo de una carretera bañada por el sol, y siguieron su rastro dorado para empezar su peregrinación en la India por Nueva Delhi.

Estaba comenzando un hermoso mes de mayo.


Los integrantes del grupo entraron en la ciudad con grandes expectativas, canturreando mantras que pronto serían ahogados por el ruido de las motos, carros, bocinas, griterío popular y pregones de vendedores callejeros.

- Lo primero es buscar acomodo con otros viajeros como nosotros.- dijo Jason que, por decisión personal y consentimiento de los demás muchachos, ejercía de líder. Y se dedicaron enseguida a atender su más perentoria necesidad.

Al fin, con algunas palabras chapurreadas en hindi, aprendido en la comuna, se dirigieron a un amable hindú de túnica ajada pero limpia, que les habló en inglés y les acompañó por unos callejones, a un edificio viejo, del cual colgaba un cartel en varios idiomas: “Pensión para extranjeros.” Y les dejó allí.

Aquello era como haber trasladado allí su comuna de San Francisco: la pensión tenía dos salas grandes que servían como dormitorios, un par de retretes para todos y mucho incienso. Lo dirigía un americano llamado Christopher, un amable hippie cuarentón y nostálgico, que se había aposentado allí, donde pensaba quedarse.

Era un acomodo muy barato; las comidas se traían de un pequeño “restaurante” que había enfrente, regentado por un nativo que hablaba inglés pasablemente. Allí también se vendían, en la trastienda, los medicamentos para los trastornos gástricos que aquejaban a los extranjeros y papel higiénico, artículos totalmente necesarios en esas latitudes.


El grupo de San Francisco estuvo allí un mes, y después, los jóvenes quisieron visitar otras ciudades, buscar más lugares santos y más gurús, porque sentían que en Nueva Delhi su iluminación aún no estaba completa (Carol sabía que la suya, ni había comenzado).

Mientras se dirigían a Benarés (Varanasi), esta vez en el tren, el ánimo de Carol cambiaba: una euforia iba penetrando poco a poco en su corazón, que ella atribuía al próximo cumplimiento de un deseo compartido por todos los hippies del mundo: bañarse en el río Ganges, Madre Ganges, “Ganga Ma”, como es llamado cariñosamente; vivir la experiencia de la santidad buscada, lavar las culpas, los recuerdos que lastran el alma; y afrontar la vida posteriormente con el ánimo ligero y la sabiduría necesaria para saber tomar las decisiones correctas.


Pero no estaba la causa en estos deseos de virtud. Y cayó en la cuenta de qué era lo que movía su corazón con un vaivén nuevo en su vida cuando, ya en la ciudad más santa de la India, al ir bajando los escalones que llevaban hasta el agua, Jason la cogió de la mano, sonriendo, y descendieron despacio hasta dejarse envolver por las ondas del río. Se había enamorado.


Cuando comprendió qué le pasaba, se quedó atónita y maravillada; porque éste era un sentimiento que la embargaba por primera vez en su vida.

Miró a Jason y él le sonrió de nuevo ¿Cómo no se había dado cuenta Carol de lo cautivadora que era su sonrisa? Aturdida, bajó los ojos, mientras el chico se llevó suavemente la mano de la joven a los labios y se la besó.

Y ella sintió, en ese momento, que algo que había buscado a ciegas muchos años de su vida, le era ofrecido ahora como un don, en este río sagrado y venerado, un río de aguas turbias, pero que sabía abrazar y retener hasta el último rayo de sol.


Se quedaron tres meses en Benarés. Carol apenas se atrevía a respirar, para no romper la magia. Acampaban cerca del río, en una casa ruinosa, con otros hippies llegados de diferentes países: Irlanda, Francia, Gran Bretaña, Italia…

Algo había cambiado, y Carol lo percibía; algunos jóvenes del grupo se habían emparejado y, llegada la noche, buscaban la intimidad de algún rincón apartado, cosa nada difícil, por la cantidad de habitáculos de la casa; incluso a veces, se alejaban por los callejones y se perdían en la oscuridad. Allí la gente era discreta y permisiva.


Jason y Carol llegaron a intimar poco a poco, por las reticencias de la muchacha, que no deseaba simplemente una aventura. Noche tras noche, hablaban abrazados, desvelaban ante el otro su vida anterior y sus anhelos actuales. Y con cada acto físico de amor, dejaban parte de su vida como un regalo para el compañero elegido. Los dos se comprometieron a la exclusividad en su relación y lo hicieron saber al resto del grupo.

Carol le fue relatando a Jason su origen, su infancia, sus vivencias, y él hizo lo propio. El muchacho había nacido en una familia rica de Boston, con tradiciones que se remontaban a los Peregrinos del Mayflower: “Como ves, lo llevo en la sangre.”- le dijo a su chica, refiriéndose a su vocación de peregrino y viajero.


Los muchachos encontraron un gurú, y se reunían al amanecer para meditar, en posturas de Yoga, a la orilla del río, en los escalones, alrededor del sadhu, que apenas hablaba inglés, lo cual tampoco era un obstáculo, pues casi toda la enseñanza se centraba en el silencio.

Jason estaba entusiasmado, como todos los demás. Sólo Carol guardaba en su corazón una pregunta que no hallaba respuesta.


Después de tres meses, los chicos decidieron ir a Calcuta y se pusieron en marcha. Aunque habían entrado en la India andando, ya estaban cansados, y el tren les ofrecía un medio de transporte barato; en cuanto a comodidad, eran jóvenes y podían con cualquier dureza, falta de sueño o poca comida; sólo sus pies reclamaban un poco de compasión. Así que viajaban ahora en los trenes indios, en tercera, apiñados, viendo en todo una diversión o una enseñanza. Los trenes de la India no tenían horario fijo, pero ellos tampoco tenían prisa. Solían sentarse en el suelo del andén y, a veces, si no estaban muy cansados, sacaban las guitarras y acompañaban sus canciones, para disfrute de los viajeros que se encontraban más cerca de ellos.

De repente se oía un silbido y todo el mundo se ponía en pie; allí no había orden, ni colas; sólo una marea de personas intentando subir al tren. Algunos se subían al techo. Pero casi siempre los hindúes, amistosos y hospitalarios, cedían el paso a estos occidentales que les visitaban, querían aprender algo en su país, y acostumbraban a ser respetuosos con sus tradiciones.


Calcuta fue un choque después de Benarés: tanta pobreza, tanto bullicio, tanto ruido; lo único igual de agradable era la sonrisa de los ciudadanos. Podían estar lavando en la calle su único sari, su única blusa de repuesto; pero cuando levantaban el rostro, la misma expresión de paz se dibujaba en los ojos de estos habitantes de la calle, cuya única posesión valiosa era algo que estaban buscando los occidentales, y que no siempre hallaban.


Jason y Carol habían decidido ya volver juntos a Nueva York, donde el chico vivía, en un apartamento de su propiedad, que tenía vistas a Central Park y era muy amplio. Su familia residía en Boston y tenían también una finca en Maine. Jason no necesitaba trabajar, y le dijo a Carol que se dedicaba a la pintura. Ya había expuesto dos veces su obra, y había vendido bien sus cuadros. Dijo que deseaba formar una familia con Carol y tener hijos. El resto de su estancia en la India, lo hicieron como flotando en una nube.

En Calcuta estuvieron medio mes y después tomaron el tren a Madrás, visitando también Bangalore y Madura, y a las tres semanas embarcaron para ver Sri Lanka (Ceilán) y se dirigieron desde Madura a Poona, y de allí fueron a Bombay, otra ciudad populosa, pero donde no se veía la miseria que había en Calcuta.

Ya estaban todos cansados, demacrados y deseando volver a casa. En Ahmadabad se quedaron quince días, después de haber pasado ya el mismo tiempo en Bombay, y estuvieron juntando fuerzas, antes de salir de la India y regresar a Karachi (Pakistán), para recuperar la furgoneta. Habían estado en su soñado paraíso hindú casi siete meses.


Si alguna vez le preguntaran a cualquiera de los muchachos y chicas del grupo, años más tarde, cuál había sido su gran experiencia en la India, todos ellos responderían sin dudar: “Lo que vivimos y sentimos en Benarés.”



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CAPITULO 8: El hijo. Una vida inesperada.

 

“ No ser amado es una simple desventura;

la verdadera desgracia es no saber amar.”


(Albert Camus)

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“Soy testigo.


Pródiga, tersa fue la primavera,

rodando tibio sol por los tejados,

agreste olor de pétalos mojados,

y esquilones cantando en la pradera.


Era mía la densa enredadera,

eran míos los cielos azulados,

en mí estaban los olmos arraigados,

y me daba sus arcos la palmera.


El aire del paisaje, tan bucólico,

con su dulce tristeza, melancólico,

enteramente me perteneció.


Y no lo supo compartir conmigo.

Pérdida suya fue, yo soy testigo

del amor que le tuve y no me dio.”


(Francisco Álvarez Hidalgo)


“Tuvimos un disgusto cuando, ya en Karachi, fuimos a recoger la furgoneta: la casa de los americanos estaba desierta y el garaje, vacío; al preguntar a los vecinos, nos dijeron que la Policía fue un día a interrogar al hombre, y cuando los agentes se marcharon, el matrimonio recogió lo que estimaron imprescindible y, por la noche, cargado todo en Tallulah Belle, abandonaron su casa y se dirigieron a un destino desconocido para ellos, que además, no deseaban verse implicados en nada que les pudiera traer problemas.

Se habían llevado la furgoneta de Jason, y los demás muchachos estaban desolados, pero curiosamente, su propietario y yo, sentimos alivio: ahora tendríamos que volver en avión. Mi chico, rico y generoso, pagó todos los pasajes. Yo aún no había dicho nada, pero sabía, desde un par de meses atrás, que estaba embarazada

Jason y yo íbamos a tomar un vuelo a Nueva York, y todos los otros iban a volar hasta San Francisco y volvían a su comuna, donde aún permanecerían unos años; y un nuevo lazo nos unía ahora a los doce. En Karachi, antes de la partida, un fotógrafo nos ofreció retratarnos en grupo, y Jason pagó las doce copias y las repartió: teníamos un aspecto algo deteriorado, las ropas con algunos remiendos, nuestros pañuelos y adornos un tanto desteñidos del sol…

Pero los doce pares de ojos brillaban con la misma ilusión, la misma visión que nos hacía soñar. Los diez que volvían a la comuna salieron un día antes que nosotros; Jason y yo tuvimos una jornada tranquila, de planes felices.

Aquel día, mientras contemplaba los parajes que íbamos a dejar pronto, recordé de repente a mi padre, en los últimos días que pasamos juntos en Nueva York: también él lo miraba todo de la misma forma, sabiendo que decía adiós a la ciudad donde fue tan dichoso ¿A qué estaba yo dando mi despedida?


El apartamento de Jason era magnífico; cuando terminó de enseñármelo, le comenté mi extrañeza porque no tuviera allí su estudio, pero me respondió que prefería trabajar totalmente solo, en un sitio donde no entrara nadie.

Que pintaba, era indudable: había cuadros suyos colgados en las paredes, y eran buenos; yo le había visto dibujar en muchas ocasiones, en diversos pueblos de la India, donde, además, era diestro en hacer retratos rápidos a lápiz.

Pero cuando solicité ver su taller, me contestó con evasivas; y yo, de momento, no le di importancia.

También pensé que me llevaría a conocer a su familia, para decirle que nos casábamos, y cuando se lo pedí, me respondió que primero debía prepararlos. Y se fue a pasar una semana cuyo Jueves era el Día de Acción de Gracias, a Maine. Me dijo que, por esta vez, iría solo.

Y ese primer día en que todos los americanos se reúnen en familia, como yo también había hecho siempre, para agradecer los dones que Dios concedió a los Peregrinos (enviándoles a unos indios compasivos que les llevaron alimentos cuando ya estaban a punto de morir de hambre), esa primera fiesta grande, que yo debía haber compartido con una nueva familia, la pasé sola, con mi hijo no nacido, del cual aún no le había hablado; y mientras comía mi ración de pavo con puré recalentado, di las gracias a Dios en silencio, por esta vida que crecía dentro de mí.


Cuando volvió de Maine, Jason venía diferente; seguía cariñoso, pero yo le notaba una cautela, una falta de espontaneidad que no tuvo nunca en la India. Yo sabía que su familia era muy rica e importante, y pensé que ellos habrían intentado frenar su entusiasmo, pero no le pregunté nada.

Aquella noche, después de cenar, le comuniqué que esperábamos un hijo, y se me quedó mirando con la misma sonrisa de siempre y me abrazó con el mismo amor. Después me dijo que, de momento, sería un secreto entre nosotros, que su padre estaba delicado y podía alterarse con la noticia; y yo accedí. Pero no podía evitar comparar nuestra relación con la de mis padres.


Mi embarazo fue difícil, y tuve que guardar reposo en los últimos meses; Jason pagaba a una chica, una mejicana que venía todos los días y se iba a las cuatro de la tarde. Él preparaba una exposición para la primavera, apalabrada desde antes de ir a la India. Bromeábamos sobre qué vendría primero, el niño o la exposición; en esos meses yo estaba sola a menudo, con la única compañía de Rosa que, al final, empezó a quedarse hasta las siete; Jason le pagaba mucho, y a mí me venía bien, porque a esas alturas, estaba tumbada casi todo el tiempo. Cuando él llegaba del taller, Rosa se iba, y si se había hecho tarde, Jason le costeaba el taxi.

Hacíamos planes, y él me traía muchos regalos tiernos y absurdos, y toda clase de cosas para el bebé. En aquellos meses fuimos felices.


Nuestro hijo nació el 20 de Abril de 1.986, cuando a mí aún me faltaban unos meses para cumplir veinticuatro años; estuve de parto muchas horas, y algo salió mal. Me tuvieron sedada dos días, y cuando vi a mi niño, él aún tenía los ojos cerrados, y estaba en la incubadora.

No vi a Jason hasta diez días después; yo estaba muy dolorida por esta ausencia y por los puntos. Pero sobre todo, porque ya me había dicho el doctor que el niño tenía parálisis cerebral y una cardiopatía grave, y que sufriría un retraso mental y físico de cierta importancia.

No puedo describir lo que fue para mí recibir esta noticia sin tener la presencia y el apoyo de mi compañero, el Jason amoroso que conocí y con el que intimé en la India: mi hijo había sido concebido en Benarés ¿Era ésta la respuesta a mi pregunta?


Me dieron el alta, pero mi niño debía quedarse un mes en el hospital, para su observación y los tratamientos necesarios; fui a verlo antes de marcharme, y allí recibí otro palo: yo le había dicho a Jason que deseaba llamar al niño Carles, como mi padre. Y cuando me acerqué al nido donde estaba mi bebé y leí el nombre, me quedé de piedra: “Carles Bellsolá”.

El joven cuya sonrisa iluminó mis días en la India, el compañero atento y generoso, no quiso aceptar como hijo a un niño que venía al mundo con una desventaja de entrada. Y en el certificado que me dieron en el hospital, decía: “Carles Bellsolá, nacido el 20 de Abril de 1.986, hijo de Carol Bellsolá y de padre desconocido.”


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