viernes, 12 de diciembre de 2025

CAPITULO 7: Viaje a la India. El compañero.

 

“Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar, se hace camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino,

sino estelas en la mar.”


(Antonio Machado)







Carol pensó que un viaje a la India era lo que necesitaba para recobrar su equilibrio, y como otras veces en su vida, no vio razones para descartar lo que había decidido. Aunque sus compañeros habían tardado en reunir un mínimo del dinero que iban a necesitar, la joven tenía lo necesario para hacer frente a sus gastos durante mucho tiempo.

Dejó en la cuenta de su tía Anna una cantidad suficiente para cubrir las facturas de su piso un año largo, sacó y colocó sobre sus muebles las fundas blancas recién lavadas, guardó todo lo que pudo en cajas y cajones, y el penúltimo día lo pasó en la librería de sus parientes y comió con ellas, para despedirse.

Y un Sábado de principios de Marzo, la alegre y colorida Tallulah Belle salió de Barcelona en dirección a Francia, costeando. Sus ocupantes tenían la intención de llegar por carretera hasta Italia, embarcar hasta Grecia, y después dirigirse a Turquía, pasar por Irak, Irán, Afganistán y Pakistán. Después, la India, el paraíso soñado por los hippies de todos los tiempos y países.

Era como una peregrinación, como el camino de Santiago. Todos hacían la misma ruta, o parecida, comían la misma comida, cantaban los mismos mantras, vestían la misma ropa, soñaban los mismos sueños…

Todos buscaban lo mismo: un gurú que les diera la iluminación instantánea, con un ritual, una oración, o un baño en un río sagrado. La felicidad, no tener que preocuparse más del sinsentido que la vida les traía a diario.

Gente anónima, gente famosa, ricos caprichosos, personas sin mucho dinero que habían pasado unos años arañando las monedas que podían, para cumplir este sueño, el más importante de sus vidas. Fuera cual fuese el resultado, el viaje que hicieran a la India les permitiría sentirse siempre especiales. En ese sentido, el camino recorrido no podía por menos de ser un éxito.

Y algunos viajeros, más bien peregrinos, encontraron el sendero hacia su propio interior, y aunque nunca se les ocurriría contarlo, hallaron un tesoro mayor que el que buscaban y pasaron el resto de su vida contemplando su hallazgo, con un sentimiento de maravilla. Se les podría reconocer por su sonrisa suave y su mirada brillante y amorosa. Pero habría que fijarse mucho, y a estos afortunados no les gustaba exponerse a la curiosidad ajena, por lo que no frecuentaban ciertos ambientes.


Los doce jóvenes que viajaban en la Tallulah Belle llevaban el mismo entusiasmo que todos los que habían pisado aquellos senderos, caminos y carreteras.

Quizá Carol tenía un estado de ánimo diferente, y ella lo achacaba a la reciente muerte de su padre. El caso es que, aunque se alegraba como todos, con cada suceso o paisaje, siempre miraba más allá, intentando encontrar respuestas.


Italia le encantó: la luz, la gente, la alegría de vivir, la despreocupación, algo que ella y sus amigos ya habían conocido y aún les guiaba.

En Grecia, cada vez que miraba el paisaje, recordaba a su padre, el cual le había relatado unas vacaciones que pasaron allí en familia, cuando Anna y él eran niños, y sus padres, que eran hermanos, convencieron a sus esposas y estuvieron todos ellos dos semanas inolvidables en Corfú.

Admiraron la Mezquita de Santa Sofía, en Estambul, y pasearon por sus calles; las muchachas se cubrieron los cabellos con un velo, aunque allí no era preceptivo, y con la ligereza de la juventud, lo tomaron como una diversión.


Los cuatro países siguientes los atravesaron con ciertas precauciones, aunque en esos tiempos no eran aún peligrosos para los occidentales.

La gente se mostraba amable, les ofrecían dátiles y té, les invitaban a sentarse con ellos a las orillas de los caminos, y se les veía encantados cuando los muchachos y las chicas cantaban, tocaban sus instrumentos y danzaban; al rompérseles una pieza imprescindible de la furgoneta, dos pakistaníes acompañaron a Jason y a otro de los chicos, llamado Kenneth, desde el pueblo, que estaba a más de dos horas de Karachi, para comprar un repuesto allí.

Pero cuando se enteraron de que los chicos querían entrar en la India, comenzaron a decir que no con la cabeza y enviaron a buscar a un hombre mayor, que hablaba algo de inglés, y se enteraron de que la furgoneta no podía entrar en la India:

-¡La ley es así!- decía el pakistaní; y les dio la dirección de un matrimonio americano que vivía allí, en Karachi, los cuales seguro que les guardarían el vehículo en su garaje hasta la vuelta, si querían, por un módico alquiler.

Así que no tuvieron otra opción que repartirse la carga, dejar a Tallulah Belle, con su combustible de repuesto en la cochera de los americanos, pagarles por adelantado el alquiler de seis meses, que era lo que pensaban estar en la India, y confiar en su honradez. Ellos les dieron un recibo y les permitieron llevarse los papeles. Y los muchachos les copiaron los números de registro de la furgoneta y les firmaron un papel, donde se especificaban los datos de Jason, que era el dueño, y decía que éste dejaba el vehículo para ser guardado hasta su regreso.

Los viajeros cargaron con sus mochilas, ahora más pesadas, y echaron a andar. Y una tarde, asomaron por el recodo de una carretera bañada por el sol, y siguieron su rastro dorado para empezar su peregrinación en la India por Nueva Delhi.

Estaba comenzando un hermoso mes de mayo.


Los integrantes del grupo entraron en la ciudad con grandes expectativas, canturreando mantras que pronto serían ahogados por el ruido de las motos, carros, bocinas, griterío popular y pregones de vendedores callejeros.

- Lo primero es buscar acomodo con otros viajeros como nosotros.- dijo Jason que, por decisión personal y consentimiento de los demás muchachos, ejercía de líder. Y se dedicaron enseguida a atender su más perentoria necesidad.

Al fin, con algunas palabras chapurreadas en hindi, aprendido en la comuna, se dirigieron a un amable hindú de túnica ajada pero limpia, que les habló en inglés y les acompañó por unos callejones, a un edificio viejo, del cual colgaba un cartel en varios idiomas: “Pensión para extranjeros.” Y les dejó allí.

Aquello era como haber trasladado allí su comuna de San Francisco: la pensión tenía dos salas grandes que servían como dormitorios, un par de retretes para todos y mucho incienso. Lo dirigía un americano llamado Christopher, un amable hippie cuarentón y nostálgico, que se había aposentado allí, donde pensaba quedarse.

Era un acomodo muy barato; las comidas se traían de un pequeño “restaurante” que había enfrente, regentado por un nativo que hablaba inglés pasablemente. Allí también se vendían, en la trastienda, los medicamentos para los trastornos gástricos que aquejaban a los extranjeros y papel higiénico, artículos totalmente necesarios en esas latitudes.


El grupo de San Francisco estuvo allí un mes, y después, los jóvenes quisieron visitar otras ciudades, buscar más lugares santos y más gurús, porque sentían que en Nueva Delhi su iluminación aún no estaba completa (Carol sabía que la suya, ni había comenzado).

Mientras se dirigían a Benarés (Varanasi), esta vez en el tren, el ánimo de Carol cambiaba: una euforia iba penetrando poco a poco en su corazón, que ella atribuía al próximo cumplimiento de un deseo compartido por todos los hippies del mundo: bañarse en el río Ganges, Madre Ganges, “Ganga Ma”, como es llamado cariñosamente; vivir la experiencia de la santidad buscada, lavar las culpas, los recuerdos que lastran el alma; y afrontar la vida posteriormente con el ánimo ligero y la sabiduría necesaria para saber tomar las decisiones correctas.


Pero no estaba la causa en estos deseos de virtud. Y cayó en la cuenta de qué era lo que movía su corazón con un vaivén nuevo en su vida cuando, ya en la ciudad más santa de la India, al ir bajando los escalones que llevaban hasta el agua, Jason la cogió de la mano, sonriendo, y descendieron despacio hasta dejarse envolver por las ondas del río. Se había enamorado.


Cuando comprendió qué le pasaba, se quedó atónita y maravillada; porque éste era un sentimiento que la embargaba por primera vez en su vida.

Miró a Jason y él le sonrió de nuevo ¿Cómo no se había dado cuenta Carol de lo cautivadora que era su sonrisa? Aturdida, bajó los ojos, mientras el chico se llevó suavemente la mano de la joven a los labios y se la besó.

Y ella sintió, en ese momento, que algo que había buscado a ciegas muchos años de su vida, le era ofrecido ahora como un don, en este río sagrado y venerado, un río de aguas turbias, pero que sabía abrazar y retener hasta el último rayo de sol.


Se quedaron tres meses en Benarés. Carol apenas se atrevía a respirar, para no romper la magia. Acampaban cerca del río, en una casa ruinosa, con otros hippies llegados de diferentes países: Irlanda, Francia, Gran Bretaña, Italia…

Algo había cambiado, y Carol lo percibía; algunos jóvenes del grupo se habían emparejado y, llegada la noche, buscaban la intimidad de algún rincón apartado, cosa nada difícil, por la cantidad de habitáculos de la casa; incluso a veces, se alejaban por los callejones y se perdían en la oscuridad. Allí la gente era discreta y permisiva.


Jason y Carol llegaron a intimar poco a poco, por las reticencias de la muchacha, que no deseaba simplemente una aventura. Noche tras noche, hablaban abrazados, desvelaban ante el otro su vida anterior y sus anhelos actuales. Y con cada acto físico de amor, dejaban parte de su vida como un regalo para el compañero elegido. Los dos se comprometieron a la exclusividad en su relación y lo hicieron saber al resto del grupo.

Carol le fue relatando a Jason su origen, su infancia, sus vivencias, y él hizo lo propio. El muchacho había nacido en una familia rica de Boston, con tradiciones que se remontaban a los Peregrinos del Mayflower: “Como ves, lo llevo en la sangre.”- le dijo a su chica, refiriéndose a su vocación de peregrino y viajero.


Los muchachos encontraron un gurú, y se reunían al amanecer para meditar, en posturas de Yoga, a la orilla del río, en los escalones, alrededor del sadhu, que apenas hablaba inglés, lo cual tampoco era un obstáculo, pues casi toda la enseñanza se centraba en el silencio.

Jason estaba entusiasmado, como todos los demás. Sólo Carol guardaba en su corazón una pregunta que no hallaba respuesta.


Después de tres meses, los chicos decidieron ir a Calcuta y se pusieron en marcha. Aunque habían entrado en la India andando, ya estaban cansados, y el tren les ofrecía un medio de transporte barato; en cuanto a comodidad, eran jóvenes y podían con cualquier dureza, falta de sueño o poca comida; sólo sus pies reclamaban un poco de compasión. Así que viajaban ahora en los trenes indios, en tercera, apiñados, viendo en todo una diversión o una enseñanza. Los trenes de la India no tenían horario fijo, pero ellos tampoco tenían prisa. Solían sentarse en el suelo del andén y, a veces, si no estaban muy cansados, sacaban las guitarras y acompañaban sus canciones, para disfrute de los viajeros que se encontraban más cerca de ellos.

De repente se oía un silbido y todo el mundo se ponía en pie; allí no había orden, ni colas; sólo una marea de personas intentando subir al tren. Algunos se subían al techo. Pero casi siempre los hindúes, amistosos y hospitalarios, cedían el paso a estos occidentales que les visitaban, querían aprender algo en su país, y acostumbraban a ser respetuosos con sus tradiciones.


Calcuta fue un choque después de Benarés: tanta pobreza, tanto bullicio, tanto ruido; lo único igual de agradable era la sonrisa de los ciudadanos. Podían estar lavando en la calle su único sari, su única blusa de repuesto; pero cuando levantaban el rostro, la misma expresión de paz se dibujaba en los ojos de estos habitantes de la calle, cuya única posesión valiosa era algo que estaban buscando los occidentales, y que no siempre hallaban.


Jason y Carol habían decidido ya volver juntos a Nueva York, donde el chico vivía, en un apartamento de su propiedad, que tenía vistas a Central Park y era muy amplio. Su familia residía en Boston y tenían también una finca en Maine. Jason no necesitaba trabajar, y le dijo a Carol que se dedicaba a la pintura. Ya había expuesto dos veces su obra, y había vendido bien sus cuadros. Dijo que deseaba formar una familia con Carol y tener hijos. El resto de su estancia en la India, lo hicieron como flotando en una nube.

En Calcuta estuvieron medio mes y después tomaron el tren a Madrás, visitando también Bangalore y Madura, y a las tres semanas embarcaron para ver Sri Lanka (Ceilán) y se dirigieron desde Madura a Poona, y de allí fueron a Bombay, otra ciudad populosa, pero donde no se veía la miseria que había en Calcuta.

Ya estaban todos cansados, demacrados y deseando volver a casa. En Ahmadabad se quedaron quince días, después de haber pasado ya el mismo tiempo en Bombay, y estuvieron juntando fuerzas, antes de salir de la India y regresar a Karachi (Pakistán), para recuperar la furgoneta. Habían estado en su soñado paraíso hindú casi siete meses.


Si alguna vez le preguntaran a cualquiera de los muchachos y chicas del grupo, años más tarde, cuál había sido su gran experiencia en la India, todos ellos responderían sin dudar: “Lo que vivimos y sentimos en Benarés.”



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