viernes, 12 de diciembre de 2025

CAPITULO 4: La comuna hippie.

 

“Todo se serena en una contemplación suave,

todo recobra su proporción y permanece vivo,

pero en paz… No se precisa más

que dejarse elevar recto como los pinos

e ir libre y armonioso como el viento;

dejarse dorar por el sol como las montañas

y dar humildemente, como el matorral,

el aroma propio.”


( “Obras Completas”. Joan Maragall)


“ Hacia 1.976, cuando yo tenía catorce años, se rompió la magia de mi infancia feliz; es decir, la rompí yo.

Mi padre seguía como siempre, pero a mi madre se le volvió el humor cambiante. Él, paciente, trataba de entenderla, pero yo era una adolescente, quería tener algo de independencia, de libertad. Me volví arisca, contestona, llegaba tarde continuamente, mis notas bajaron, y el sueño de mis padres de enviarme a Harvard, se esfumaba con rapidez.

Papá achacaba los cambios de humor de mi madre a que yo me había vuelto una adolescente de carácter verdaderamente inaguantable, y siempre procuraba mediar entre nosotras. Yo había empezado ya a salir con chicos y un noviete me dio mi primera cerveza y mi primer porro. También me convenció, teniendo ya los dos quince años, para tener mi primera experiencia sexual; yo accedí con un poco de miedo y conseguimos un coche prestado, condujo él hasta un camino solitario y nos fuimos al asiento trasero. Lo que yo no sabía es que era también su primera vez y la cosa no le salió como esperaba, así que me dio el primer bofetón que yo recibía en mi vida, y no consintió en marcharse de allí hasta que dejó demostrado que era un hombre muy macho.

Después de esa tarde, ya no quiso salir más conmigo, con gran alivio por mi parte. Pero no aproveché la oportunidad para cambiar mi vida rebelde, a pesar de las broncas de mi madre y las reflexiones y la tristeza de mi padre.


Cuando cumplí los dieciséis años, a mamá le diagnosticaron un tumor cerebral, lo que explicaba aquellos súbitos cambios de humor, y no tuve más remedio que hacer un paréntesis en mis actividades, para ayudar a mi padre en el cuidado de mi madre, pues él no quiso dejarla en ningún sitio fuera del hogar, y yo, enfrentada a un terrible y cercano futuro, quise redimir mis culpas y le dije a papá que contara conmigo.

Él pidió una excedencia en su trabajo, pues tenía unos ahorros, suficiente, me dijo, para que a ella no le faltara de nada, y yo intenté dejar el instituto, pero sólo me quedaba un año y papá no lo consintió. Karen Kowalsky, que seguía siendo nuestra amiga, ya era muy mayor para los trabajos duros, pero una sobrina suya accedió a venir por las mañanas, cuando yo iba a clase, y bañaba a mamá y la atendía, compraba y cocinaba. Karen solía pasarse un rato todos los días, pero sólo dejábamos que se sentara con mamá y la acompañara.

Las tardes eran para nosotros tres; el tumor de mi madre no era operable, por lo que le recetaron una medicación y el doctor trató de darnos ánimos.

Mi padre siempre fue de natural afable y sentía un gran amor por mi madre, y yo admiré, sobre todo en aquellos meses, la manera que tenía de tratarla, de hablarle, de llevarla en brazos del sillón a la cama y de cantar para ella, bajito, mientras la arropaba.


Linda Monroe, la muchacha de pelo negrísimo que deslumbró a Carles Bellsolá, el joven español que apareció un día por la cafetería de su empresa, estuvo enferma ocho meses, y una noche se marchó dulcemente, mientras dormía. Papá y yo, que estábamos sentados en una silla, cada uno a un lado de la cama y le teníamos cogidas las manos, habíamos caído en un sueño ligero. Pero cuando ella dejó de respirar, los dos nos despertamos sobresaltados, y al cerciorarnos de que nos había dejado, nos miramos como dos niños huérfanos, mientras liberábamos, en silencio, las lágrimas retenidas durante tanto tiempo.



Mi padre volvió a su trabajo y a su vida diaria pero ya nunca volvió a ser el hombre alegre que yo conocí, y aunque conmigo seguía comportándose de forma cariñosa, yo lo notaba algo lejano.

Hoy en día, cuando miro mi juventud en retrospectiva, me pregunto cómo pude ser tan egoista y abandonar a mi padre, precisamente en unos momentos tan duros para él; y me gustaría encontrar una buena respuesta, para que me doliera menos. Pero ya es demasiado tarde, y sólo espero que si él me está viendo de alguna manera, sepa que lo lamento muchísimo.

Ya estábamos en 1.979, a finales. Apenas graduada en la enseñanza secundaria, estuve unos meses sin saber qué hacer; al cabo de un tiempo me busqué un trabajo de camarera en una cafetería cercana, y un día entró en ella un chico de pelo largo y sonrisa seductora, y después de un par de meses, íntimos ya, me convenció para irnos los dos a San Francisco, a vivir a una comuna hippie, y me marché con él, sólo con una mochila de ropa y una guitarra que compré de segunda mano, pues a papá le hubiera sentado mal que me llevara la de mi madre.

Él no me puso impedimentos para que me fuera, aunque aún no tenía cumplidos los dieciocho. Sólo me recomendó que pensara siempre en las consecuencias de mis actos, que le escribiera o le llamara de vez en cuando, si podía, y después me llevó al rincón de la sala donde tenía su despacho, me dijo donde estaban sus documentos y el teléfono de su abogado, me enseñó la escritura de su piso de Barcelona y su testamento, en el que figuraba yo como heredera, y dejaba un legado para su prima Anna, que había sido su compañera de juegos, vivía también en la Avinguda del Paral·lel (ahora ya sólo hablábamos entre nosotros en catalán), cerca de nuestro piso y se lo cuidaba con amor, esperando nuestra visita y el ansiado retorno de mi padre. También había un legado para nuestra amiga Karen Kowalsky, y en caso de fallecer ésta antes que mi padre, esa cantidad sería para su sobrina, la que cuidó tan bien a mi madre.

Mi padre sólo tenía cuarenta y seis años, y un pozo de tristeza en el corazón que yo no supe ver.

Y a los dos días de aquella conversación, me dijo adiós, sin ningún reproche, y me miró con un cariño infinito, mientras agitaba la mano y yo subía a la furgoneta de Kevin.


El movimiento hippie llevaba ya unos años en el mundo, y San Francisco era la meca de esa nueva religión. Allí proliferaban los lemas, las comunas, las túnicas, los collares de flores y de cuentas de bisutería, las trenzas, las melenas masculinas, los anillos de plata, el Yoga, la meditación, el hachís y el oportunismo. Yo lo encontraba todo muy estimulante.

Mi camastro en la comuna me pareció de lujo; el vegetarianismo, la única opción decente de alimentarse; los discursos del gurú de turno, el colmo de la sabiduría; y el amor libre, una manera generosa de compartir.


Tuve suerte y fui a caer en un grupo de unas cincuenta personas que eran, en su mayor parte, gente idealista y con buenas intenciones, lo que no siempre ocurría, según supe después.

Pero yo estuve unos meses viviendo en una nube de felicidad, y me sentía muy virtuosa y mejor persona. Llamé a mi padre a la llegada, y después lo hacía cada vez más espaciado. Él me decía que estaba bien y con proyectos, y yo fingía creerle porque eso era lo que a mí me interesaba.


Me gustaban la meditación, el Yoga, los cantos, las danzas, las canciones acompañadas con guitarras, armónicas y flautas, a veces pequeños tambores, y hasta vender las artesanías que hacíamos. Íbamos los Sábados y Domingos a las plazas y mercadillos; yo llevaba, sobre todo, dibujos, y hacía retratos a petición: a lápiz y carboncillo, a sanguina, a plumilla, es decir, a bolígrafo. Cada uno vendía lo que había realizado, y después el dinero se ponía en común.

Todo se hacía de manera voluntaria; incluso los emparejamientos eran optativos, no forzados. En teoría estaba bien, pero yo no comprendía cómo Kevin, con el que ya llevaba meses de “novia”, me podía sugerir una pareja para la noche siguiente, algún “hermano” necesitado, y él también atendía a una “hermana”, y al día siguiente me decía que me quería, mirándome a los ojos. Supongo que una parte de mí era aún demasiado convencional y burguesa.

Al final, Kevin y yo llegamos a mirarnos de manera indiferente y no estábamos juntos más a menudo que con otras personas. Y un leve matiz de desencanto se instaló en mi corazón.


A punto ya de cumplir veinte años, reparé en cuánto tiempo hacía que no veía a mi padre, y en un impulso repentino, le llamé. Cuando respondió a mi llamada, le dije que le quería y me eché a llorar, y adiviné que él también, aunque simuló un catarro para explicar su ronquera. Le dije que estaba bien, pero que deseaba volver; no tenía dinero para el billete, porque todo lo entregábamos en la comuna, y él me prometió enviármelo a la oficina de Correos, para que lo recogiera allí.

Me despedí de todos, uno a uno, lo que me llevó dos días, porque lo hacía en “ratos libres”, y manteniendo una conversación en cada despedida. No me iba por diferencias, sino porque sentía que mi tiempo allí había terminado y mi sitio estaba en otra parte. Pero metí en mi equipaje todo lo bueno que me había ofrecido aquel grupo de gente. Mi despedida de Kevin no fue traumática, ni mucho menos: él, sabiendo que le llegaba el turno de charlar conmigo por última vez, se había fumado con antelación un buen porro.


Tomé el autobús de la compañía Greyhound, de largo recorrido y me dispuse a efectuar el balance de mi vida en este viaje, que era pausado, con muchas paradas, muchos pueblos y varios días. No llevaba más equipaje que mi mochila de ropa, pues la guitarra se la había dejado como regalo a Molly, una pelirroja de Nueva Jersey, que me la había pedido con timidez.


En ese momento me alegré de no haberme llevado a la comuna la guitarra de mi madre.”


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