“Fui a los bosques porque quería vivir con
un propósito; para hacer frente, en soledad,
a los hechos esenciales de la vida, por ver
si era capaz de aprender lo que aquélla
tuviera que enseñarme, y por no descubrir,
cuando llegare mi hora, que no había vivido.”
(“Walden.” Henry David Thoreau.
Para qué viví en Walden)
La casita vacía del señor Vila, cerrada y necesitada de una mano de pintura, amaneció un día con un camión delante, y mientras alguien abría la puerta delantera y las ventanas, un joven con un mono azul y gorro de punto bajó del vehículo unas cuantas cajas de cartón, una maleta, una mecedora y una funda de guitarra que, lo más seguro, contenía dentro el instrumento correspondiente.
También descendió del camión una mujer que se quedó mirando la casa que acababa de alquilar: una construcción pequeña, en un extremo del sendero que llevaba a la playa y a unos quince minutos del pueblo. Había más casas no muy lejos, pero la mayoría ya estaban vacías en esta época del año.
La parte delantera de ésta daba a la playa, y la trasera pisaba el camino de tierra que conducía al pequeño pueblo de pescadores, entre Vilanova i la Geltrú y Cornellá, en la provincia de Barcelona. Un pueblito de tan sólo cuatrocientos habitantes, donde había una tienda en la que se vendía de todo y que incluía una pequeña Estafeta de Correos, como un lujo fuera de lugar, puesto que en él sólo vivían pescadores fijos todo el año, y un pequeño grupo de veraneantes que llegaban con los primeros calores, la mayoría hijos, nietos o incluso biznietos de lugareños; en la plazoleta, una Cafetería con unas pocas mesas cerca de las ventanas; cerca, una escuelita que había conocido días de risas alegres y tablas de multiplicar cantadas a varias voces, y hoy apenas tenía una docena de alumnos, y una maestra joven, una ilusionada profesora que aún no estaba quemada, y que no era muy probable que lo estuviera mientras permaneciera allí. Había también una pequeña y antigua botica, donde se encontraban los pocos fármacos que se dispensaban sin receta, pues los otros había que encargarlos; y por último, una pequeña iglesia que hacía años conoció lo que era llenarse en Domingo, e incluso las visitas vespertinas de las mujeres que asistían al Rosario, cuando los habitantes pasaban de mil, y que actualmente sólo se abría los Domingos cuando venía un cura, de otro pueblo, a decir misa, pues los Sábados siempre acudía alguna mujer para limpiarla y prepararla, pero no entraba por la puerta principal, sino por una pequeña portezuela que daba a la sacristía.
La casa del señor Vila llevaba dos décadas vacía, desde que el viejo pescador murió y su esposa se trasladó a vivir con una hija en L´Hospitalet de Llobregat, y ya no volvió. El boticario había contactado con el hijo, y le dijo haber recibido la llamada de una señora con acento extranjero, pero que hablaba español, e incluso le había soltado un par de frases en un catalán perfecto, y le había preguntado si se alquilaba alguna casita de pescadores.
De modo que aquí estaba: una mujer menuda, delgada, con el pelo corto y rizado, negro con vetas grises. El rostro se adornaba ya con algunas arrugas, cerca de los ojos y junto a la boca. La mirada de sus ojos grises, a pesar de su sonrisa al contemplar la casa, era triste y lejana. Sin embargo, sus movimientos eran ágiles, decididos, y revelaban una buena forma física.
Entró en la casita después de que el mozo le trasladara su equipaje, y la inspeccionó. Conocía y recordaba su interior, porque de niña, ya había estado allí una vez.
Carol Bellsolá Monroe, hija de Carles Bellsolá, un arquitecto catalán, y de Linda Monroe, una editora neoyorquina, había visitado el pueblecito con sus padres muchos años antes, y habían sido agasajados por el pescador Joan Vila y su esposa, Aina, con los vasos de agua que pidieron al volver de la playa, más una comida con ellos, de pescado fresco y pan con tomate, y las sonrisas luminosas de dos personas sencillas y satisfechas. Carol, apenas una niña, nunca olvidó aquellas sonrisas.
Ahora, Carol recorrió la acogedora cocina, el dormitorio, grande y desahogado, el baño moderno y el porche delantero. No había más. El alquiler, barato, le permitiría hacer los arreglos que deseara.
Sonriendo, llevó sus cajas y su maleta al dormitorio, donde había una cama de matrimonio y un pequeño armario, suficiente, sin embargo, para su ropa. Encontró toda la casa limpia, pues lo había pedido al enviar el primer pago, y la ropa de cama estaba recién puesta. Olía a lavanda y limón en el interior vacío del ropero, olor que también despedían las cortinas de las ventanas.
Puso la guitarra con su funda en un rincón, a los pies del lecho, para verla al despertarse, y la mecedora en la cocina, lista para sacar al porche cuando quisiera sentarse en el exterior.
Y después de comprobar que había butano, y que las provisiones que había encargado desde Barcelona estaban allí, lavó la tetera recién comprada y abrió la lata del té.
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