viernes, 12 de diciembre de 2025

CAPITULO 8: El hijo. Una vida inesperada.

 

“ No ser amado es una simple desventura;

la verdadera desgracia es no saber amar.”


(Albert Camus)

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“Soy testigo.


Pródiga, tersa fue la primavera,

rodando tibio sol por los tejados,

agreste olor de pétalos mojados,

y esquilones cantando en la pradera.


Era mía la densa enredadera,

eran míos los cielos azulados,

en mí estaban los olmos arraigados,

y me daba sus arcos la palmera.


El aire del paisaje, tan bucólico,

con su dulce tristeza, melancólico,

enteramente me perteneció.


Y no lo supo compartir conmigo.

Pérdida suya fue, yo soy testigo

del amor que le tuve y no me dio.”


(Francisco Álvarez Hidalgo)


“Tuvimos un disgusto cuando, ya en Karachi, fuimos a recoger la furgoneta: la casa de los americanos estaba desierta y el garaje, vacío; al preguntar a los vecinos, nos dijeron que la Policía fue un día a interrogar al hombre, y cuando los agentes se marcharon, el matrimonio recogió lo que estimaron imprescindible y, por la noche, cargado todo en Tallulah Belle, abandonaron su casa y se dirigieron a un destino desconocido para ellos, que además, no deseaban verse implicados en nada que les pudiera traer problemas.

Se habían llevado la furgoneta de Jason, y los demás muchachos estaban desolados, pero curiosamente, su propietario y yo, sentimos alivio: ahora tendríamos que volver en avión. Mi chico, rico y generoso, pagó todos los pasajes. Yo aún no había dicho nada, pero sabía, desde un par de meses atrás, que estaba embarazada

Jason y yo íbamos a tomar un vuelo a Nueva York, y todos los otros iban a volar hasta San Francisco y volvían a su comuna, donde aún permanecerían unos años; y un nuevo lazo nos unía ahora a los doce. En Karachi, antes de la partida, un fotógrafo nos ofreció retratarnos en grupo, y Jason pagó las doce copias y las repartió: teníamos un aspecto algo deteriorado, las ropas con algunos remiendos, nuestros pañuelos y adornos un tanto desteñidos del sol…

Pero los doce pares de ojos brillaban con la misma ilusión, la misma visión que nos hacía soñar. Los diez que volvían a la comuna salieron un día antes que nosotros; Jason y yo tuvimos una jornada tranquila, de planes felices.

Aquel día, mientras contemplaba los parajes que íbamos a dejar pronto, recordé de repente a mi padre, en los últimos días que pasamos juntos en Nueva York: también él lo miraba todo de la misma forma, sabiendo que decía adiós a la ciudad donde fue tan dichoso ¿A qué estaba yo dando mi despedida?


El apartamento de Jason era magnífico; cuando terminó de enseñármelo, le comenté mi extrañeza porque no tuviera allí su estudio, pero me respondió que prefería trabajar totalmente solo, en un sitio donde no entrara nadie.

Que pintaba, era indudable: había cuadros suyos colgados en las paredes, y eran buenos; yo le había visto dibujar en muchas ocasiones, en diversos pueblos de la India, donde, además, era diestro en hacer retratos rápidos a lápiz.

Pero cuando solicité ver su taller, me contestó con evasivas; y yo, de momento, no le di importancia.

También pensé que me llevaría a conocer a su familia, para decirle que nos casábamos, y cuando se lo pedí, me respondió que primero debía prepararlos. Y se fue a pasar una semana cuyo Jueves era el Día de Acción de Gracias, a Maine. Me dijo que, por esta vez, iría solo.

Y ese primer día en que todos los americanos se reúnen en familia, como yo también había hecho siempre, para agradecer los dones que Dios concedió a los Peregrinos (enviándoles a unos indios compasivos que les llevaron alimentos cuando ya estaban a punto de morir de hambre), esa primera fiesta grande, que yo debía haber compartido con una nueva familia, la pasé sola, con mi hijo no nacido, del cual aún no le había hablado; y mientras comía mi ración de pavo con puré recalentado, di las gracias a Dios en silencio, por esta vida que crecía dentro de mí.


Cuando volvió de Maine, Jason venía diferente; seguía cariñoso, pero yo le notaba una cautela, una falta de espontaneidad que no tuvo nunca en la India. Yo sabía que su familia era muy rica e importante, y pensé que ellos habrían intentado frenar su entusiasmo, pero no le pregunté nada.

Aquella noche, después de cenar, le comuniqué que esperábamos un hijo, y se me quedó mirando con la misma sonrisa de siempre y me abrazó con el mismo amor. Después me dijo que, de momento, sería un secreto entre nosotros, que su padre estaba delicado y podía alterarse con la noticia; y yo accedí. Pero no podía evitar comparar nuestra relación con la de mis padres.


Mi embarazo fue difícil, y tuve que guardar reposo en los últimos meses; Jason pagaba a una chica, una mejicana que venía todos los días y se iba a las cuatro de la tarde. Él preparaba una exposición para la primavera, apalabrada desde antes de ir a la India. Bromeábamos sobre qué vendría primero, el niño o la exposición; en esos meses yo estaba sola a menudo, con la única compañía de Rosa que, al final, empezó a quedarse hasta las siete; Jason le pagaba mucho, y a mí me venía bien, porque a esas alturas, estaba tumbada casi todo el tiempo. Cuando él llegaba del taller, Rosa se iba, y si se había hecho tarde, Jason le costeaba el taxi.

Hacíamos planes, y él me traía muchos regalos tiernos y absurdos, y toda clase de cosas para el bebé. En aquellos meses fuimos felices.


Nuestro hijo nació el 20 de Abril de 1.986, cuando a mí aún me faltaban unos meses para cumplir veinticuatro años; estuve de parto muchas horas, y algo salió mal. Me tuvieron sedada dos días, y cuando vi a mi niño, él aún tenía los ojos cerrados, y estaba en la incubadora.

No vi a Jason hasta diez días después; yo estaba muy dolorida por esta ausencia y por los puntos. Pero sobre todo, porque ya me había dicho el doctor que el niño tenía parálisis cerebral y una cardiopatía grave, y que sufriría un retraso mental y físico de cierta importancia.

No puedo describir lo que fue para mí recibir esta noticia sin tener la presencia y el apoyo de mi compañero, el Jason amoroso que conocí y con el que intimé en la India: mi hijo había sido concebido en Benarés ¿Era ésta la respuesta a mi pregunta?


Me dieron el alta, pero mi niño debía quedarse un mes en el hospital, para su observación y los tratamientos necesarios; fui a verlo antes de marcharme, y allí recibí otro palo: yo le había dicho a Jason que deseaba llamar al niño Carles, como mi padre. Y cuando me acerqué al nido donde estaba mi bebé y leí el nombre, me quedé de piedra: “Carles Bellsolá”.

El joven cuya sonrisa iluminó mis días en la India, el compañero atento y generoso, no quiso aceptar como hijo a un niño que venía al mundo con una desventaja de entrada. Y en el certificado que me dieron en el hospital, decía: “Carles Bellsolá, nacido el 20 de Abril de 1.986, hijo de Carol Bellsolá y de padre desconocido.”


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