viernes, 12 de diciembre de 2025

CAPITULO 10: El retorno. La soledad abrazada.

 

“Júzgote por desgraciado si nunca lo fuiste:

pasaste la vida sin tener contrario;

nadie, ni aun tú mismo, conocerá

hasta donde alcanzan tus fuerzas.”

(Séneca.” De la Divina Providencia.”)


“Cuanto más acarrees del pasado,

menos capaz serás de responder al presente,

porque el presente es siempre nuevo.

La vida nunca se repite.”

(Osho.” El Libro de la Sabiduría.”)


“Al día siguiente, antes de amanecer, ya estaba llegando al cementerio, donde mi niño reposaba junto a mi madre: otro Carles Bellsolá junto a Linda Monroe.

Me acerqué despacio y puse un tiesto de geranio rojo en el suelo; y cortando dos flores, dejé una en cada tumba. No pude remediar que me cayeran unas lágrimas.

“Adios, mi pequeño Carl. Siempre te echaré de menos. Te quise y te quiero mucho, mi cielo, y tu padre también te habría querido si no le hubieran endurecido el alma; te hubiera mimado y cuidado, te habría llevado al parque, iríamos los tres juntos, si tú aún estuvieras aquí, y él hubiera seguido escuchando a su corazón, como lo escuchaba cuando yo le conocí. No pudo ser, y lo lamento muchísimo. Ahora te cuidará tu abuela. Cuando te encuentres con Jason, tu padre, por favor, dile que le perdono, y espero de él que me perdone a mí por lo que pensaba hacer hoy; esto es para que se lo des de mi parte.”

Y sacando una tira de abalorios que llevé rodeando mi cabello mientras estuve en la India, la añadí a la tumba de mi hijo. Era un adorno que me gustaba mucho y Jason decía, en aquellos días felices, que con él parecía una diosa coronada.

Después fui caminando por todo el perímetro exterior del cementerio, y cada pocos pasos, metía la mano en una bolsita y sacaba una pizca de ceniza, que enterraba y cubría; ponía muy poca, y la espaciaba mucho, porque aunque sabía que así era inactiva, no tenía intención de matar ni a una rata. Era la hierba “que no deja huella;” y con cada siembra daba gracias a Dios, por no haber tenido que usarla.


Ese mismo día salí en avión con destino final a Barcelona. En mi bolso, aparte de mis documentos y algo de dinero, había cinco fotos y un osito que había sido muy querido.


Cuando llegué a Barcelona tomé enseguida contacto con mi nueva vida y durante unos meses, estuve poniendo mis asuntos al día; descansando, paseando y dejándome consolar por las buenas de Anna y Laia, “hablando” con mi padre, asegurándole que todo iría mejor.

Quería trabajar, pues tenía cuarenta y un años, y delante de mí parecía haber una línea recta y clara. Estaba finalizando el año de 2.003.

Anna pensaba jubilarse pronto, y como el negocio iba bien, tenían dos chicas en la librería, a pesar de lo cual, en un aparte, me ofrecieron mantener su promesa de un trabajo. Pero aún tenía que terminar de sanar mi corazón, encontrar reposo y paz en mi interior, antes de sumergirme en la vida ordinaria de una ciudad.

Y sabía lo que iba a hacer: tomarme un tiempo sabático; algo parecido a lo que hizo Thoreau en la laguna de Walden, cerca de Concord.

Yo lo haría en un pueblo pesquero de la provincia de Barcelona; Un pueblito que visité en una ocasión, siendo niña. Íbamos por la playa y, a la vuelta, nos acercamos a una casita de pescadores y pedimos un poco de agua; y el dueño y su esposa, que se disponían a comer, insistieron en invitarnos a pescado frito, cogido esa misma madrugada por Vila, el hombre amable y hospitalario; y pan con tomate, lo que hizo asomar lágrimas a los ojos de mi padre, que había crecido con ese acompañamiento en todas sus comidas.


Encontré el pueblo en un mapa, y contacté por teléfono con la farmacia. A través del boticario supe que la casa del pescador Vila estaba vacía y probablemente se podía alquilar, y se ofreció a localizar al hijo y darle mi teléfono. Todas estas gestiones tomaron su tiempo.


Y cuando todo estaba dispuesto, enfundé de nuevo mis muebles, y prometiendo a Anna y Laia que me cuidaría y estaría de vuelta en un futuro no muy lejano, cargué en una camioneta de transportes mi magro equipaje, en el que lo más voluminoso era la mecedora de papá y la guitarra de mamá, y unas pocas fotografías enmarcadas, unos queridos libros y un tapiz de colores, comprado en Bombay; y con todo esto me lancé, como mi admirado Thoreau, a “ver lo que la vida tenía que enseñarme todavía.”


Finalizaba un cálido mes de Agosto de 2.004. Yo acababa de cumplir cuarenta y dos años.


Todo el invierno lo empleé en adaptarme a vivir sola, sin nadie a mi lado, pues aunque hacía casi veinte años que no tenía a alguien cercano con quien compartir mis sentimientos y preocupaciones, no era igual que “disfrutar” también de la soledad y el aislamiento externo; y de hecho, vi que era menos intranquilizadora esta situación de estar “perdida” sin que nadie me interrumpiera, sin que nadie me golpeara. Si quería dormir, pasear, cocinar, o leer tumbada en la cama, lo hacía. Poseía un móvil cuyo número conocían muy pocas personas y que apagaba antes de cenar.

A veces pasaba toda la tarde pintando con acuarelas, como hacía de niña; nada especialmente artístico, pero me resultaba muy relajante, y me permitía dejar de remover los recuerdos tristes que me asaltaban en esos meses; otros días, paseaba por la playa, hundiendo los pies en la arena, alternando; a la ida, pisaba la parte húmeda, y a la vuelta, la parte seca, que envolvía mis tobillos en un suave masaje caliente. Si el tiempo estaba demasiado desapacible, me recostaba en la cama a leer, o me sentaba a tocar un poquito la guitarra, acompañando las canciones de mi juventud.

Ya no tenía la habilidad de cuando estaba en la comuna, o en la India, porque hacía unos dieciocho años, cuando mi niño tenía cinco, Jason me rompió la mano derecha mientras yo intentaba proteger al pequeño de un posible golpe de su padre, y ahora sólo podía rasguear, mientras con la izquierda hacía acordes; y si intentaba tocar melodías, unos latigazos de dolor me hacían desistir. Todos los días, cuando el sol había calentado la arena del gran cuenco que puse en un escalón del porche, hundía allí mi mano dolorida y dejaba que los gránulos multicolores me acariciaran la piel.

Al sentir resbalar la arena de playa con el movimiento de mis dedos, me parecía tocar el viento, el agua y el sol que hicieron, de la dureza de una roca, un millón de estrellitas cálidas que pasaban ahora por mi mano, aliviando mi dolor.


Al principio de mi estancia en la casita de la playa, al vivir en esa paz y ese silencio, sólo interrumpido por el ruido de la marea, rememoraba otros días felices y jugaba a: “¿Y si hubiera…en vez de…?”

Pero pronto me di cuenta de que estos pensamientos no me llevaban a ninguna parte: todo había sucedido como sucedió; y es posible que, de haber tenido alternativa, todo hubiera sido distinto; pero nadie nos la ofreció, nadie nos advirtió; la vida no te avisa del golpe que te propinará más tarde.


Durante mucho tiempo, tuve lástima de Carl y de mí. Pero ahora me daba cuenta de que, en realidad, mi niño y yo habíamos tenido algo importante: capacidad de amar. Mi hijo me amaba, me abrazaba, lo mismo que a Rosa y a su osito, incluso a Karen y a su sobrina, cuando íbamos a verlas. Abrazaría a cualquiera que le hubiera acariciado. Incluso habría querido a su padre. Y yo, que amé tanto a Jason, que en cierto modo lo quería todavía, porque amaba el recuerdo de mi compañero en nuestros días de la India, que amé a mi hijo, a mis amigos, parientes, a los que aún estaban y a los que ya se fueron, tenía el mismo don que tuvo mi hijo, el que poseen tantas personas.

Fuimos víctimas circunstanciales, mi hijo y yo, pero tuvimos una fortuna en el corazón.

Tal como lo veía ahora, el más desgraciado fue mi compañero de sueños e iluminaciones, de viajes y promesas que él mismo incumplió: Jason, a quien le arrebataron su poder y su derecho de amar sin condiciones, sin razones interesadas. Él se dejó robar ese don, por el que le pagaron solamente dinero. Ese fue su infortunio.


Era triste pensarlo, pero de todos los que fuimos juntos a la India, el más rico, el más guapo, el más inteligente, y el más dotado para el arte, fue el que, en realidad, vivió la vida más miserable.”


---oooOOOooo---