viernes, 12 de diciembre de 2025

CAPITULO 6: Regreso a Barcelona. Proyectos.

 

“El verdadero acto del descubrimiento

no consiste en salir a buscar

nuevas tierras,

sino en aprender a ver

la vieja tierra con nuevos ojos.”

(Marcel Proust)



“Cuando llegué a Nueva York y el autobús se detuvo en el andén de la estación, miré alrededor buscando a papá, pues eran sólo las cuatro de la tarde de un hermoso día de primavera, y yo le había dicho cuándo llegaría, al sacar mi billete en San Francisco, y le había vuelto a llamar el día anterior desde la cabina de la gasolinera donde hicimos una parada. Pero no lo vi, y cuando el recinto se fue quedando vacío, sentí un poco de temor; no sabía qué pensar, si mi padre estaría molesto, o enfermo, o simplemente desmemoriado.

Y con un suspiro de aprensión emprendí el camino a casa: ocho manzanas, que me recorrí a paso ligero.

Cuando llegué y llamé al porterillo, durante unos momentos miré a mi alrededor; y me pareció que el entorno tan familiar me daba una cálida bienvenida; subí las escaleras en cuatro saltos y al encontrar a mi padre al lado de la puerta abierta, con una mantita sobre los hombros, se me hizo un nudo en el estómago, pero procuré que no me notara la impresión que me había causado.

- ¿Cómo te encuentras, papá? ¿Estás enfermo?- le pregunté.

- No, cielo. Es sólo un poco de gripe, llevo así un par de días.- me respondió para tranquilizarme.

Entramos en la sala, donde él había estado sentado en su mecedora, y se volvió a sentar, poniéndose otra manta sobre las rodillas.

Le miré con atención y vi que tenía los ojos brillantes: no sabía si eran lágrimas o fiebre; tal vez las dos cosas.

Todo estaba muy limpio; papá me dijo que venía por las mañanas una mujer, la sobrina de Karen, que era de confianza, y además de limpiar, cocinaba el almuerzo y dejaba la cena preparada para calentar.


De nuevo evitamos los temas escabrosos; enseguida comprendí que mi padre estaba delicado y cansado. Karen, a quien fui a saludar al día siguiente, me dijo que estaba preocupada: desde que murió mi madre, él ya no era el mismo; y me sugirió, con mucha suavidad, que le dedicara mi cariño y mi compañía. Yo, que venía de la comuna, y de la experiencia hippie con el espíritu “amansado”, le prometí a mi querida “abuela” que me quedaría el mayor tiempo posible.


Pasaron dos semanas, y mi padre seguía enfermo, así que le convencí y llamé al médico, el cual vino a casa, pues era un viejo amigo; estuvo reconociéndole y después nos dijo que pasáramos por su consulta al día siguiente, porque necesitaba hacerle a papá un electrocardiograma.

Después de la consulta, diagnosticó una arritmia y gran insuficiencia cardíaca; le prescribió unos medicamentos, descanso y ejercicio suave cuando estuviera mejor. Y nada de volver al trabajo, de momento.


Aunque se recuperó algo al cabo de unos días, era evidente que no se iba a curar, eran muchas las señales que yo advertía, tanto físicas como emocionales. Y sin decirnos nada el uno al otro, nos fuimos preparando para vivir la vida de otra manera.

Él no me preguntó nunca si pensaba volverme a marchar, y yo me comporté como si fuera a quedarme ya para siempre. Pero creo que los dos intuíamos que nuestra mutua compañía era algo provisional. Yo volví a mi trabajo de camarera, sólo por las mañanas, cuando la sobrina de Karen estaba con él; y por las tardes, papá dormitaba, o leía, o a veces dábamos un pequeño paseo.

Aquel verano, cuando salíamos, él se quedaba contemplando el paisaje: los árboles, las nubes, las calles, incluso se detenía a observar a las personas. No decía nada, y a mí me daba la impresión de que se estaba despidiendo; y yo volvía a veces la cabeza, para que no viera la angustia pintada en mi rostro.


Un día llegué a casa a las dos de la tarde, como de costumbre, y encontré a mi padre vestido, recién llegado de la calle; estaba muy cansado y dejó las explicaciones para más tarde.

Y después del almuerzo y de su pequeña siesta, me contó lo ocurrido:

“ Me llamaron de la oficina hace una semana. Yo ya no puedo trabajar, me lo ha dicho el médico hace unos días; me pidieron que acudiera, porque ayer se reunió el Consejo de Administración y querían hacerme una oferta, así que fui; tengo allí muchos amigos, siempre he trabajado para la misma empresa, y me han ofrecido una buena indemnización para que me retire. Y he aceptado, es bastante dinero.

Y ahora, Carol, voy a pedirte un favor: ayúdame a volver a España, a Barcelona. Quiero morir allí, quiero ver Las Ramblas, el Puerto, Montserrat a lo lejos, si no puedo subir. Quiero terminar mis días donde los empecé, oyendo hablar mi idioma, no sólo en casa, sino en todas partes, que me envuelva como una música, como una nana, el día en que me vaya…No abandono a tu madre, porque ella no está dentro de su tumba, sino dentro de mi corazón. Ven conmigo, y después puedes vivir donde quieras; por favor, hija.”


En dos semanas deshicimos lo que habíamos tardado media vida en construir; pero yo sentía que le debía a mi padre la satisfacción del único deseo que me había pedido en años, y que seguramente sería el último.


Nos despedimos de Karen y de su sobrina, que recibieron un legado cada una, a través del abogado de papá, sin esperar a su muerte.

El apartamento, vacío de nuestras cosas, nos decía adiós en silencio; solamente nos llevamos nuestras posesiones más personales e imprescindibles, entre las que se contaban la mecedora de papá y la guitarra de mamá, a quien habíamos despedido dos días atrás, en un luminoso amanecer de Julio de 1.982.



Mi padre y yo vivimos en Barcelona durante casi dos años; y en este tiempo estuvimos volcados el uno en el otro, y creo que recuperamos todo el tiempo perdido.

Su prima Anna estaba feliz, y la veíamos todos los días. Incluso pareció que

papá mejoraba: a veces, hasta se reía con alguna broma.

Solíamos pasear y tomar el sol, y visitábamos a la prima Anna y a su hija Laia, que llevaban entre las dos una librería de su propiedad cerca de su casa, en la misma Avinguda del Paral·lel. Anna y Laia me habían ofrecido un trabajo allí, a espaldas de papá, porque sabían que yo ahora no podía, y ellas siempre añadían:”Más adelante, cuando ya…” Y dejaban la frase en suspenso.


Carles Bellsolá fue a encontrarse con Linda Monroe, su amada, en Diciembre de 1.984, en una gélida tarde de invierno, para asistir a una cita que llevaba esperando desde 1.979. Él sólo se retrasó cinco años, y cuando se marchó, apenas había cumplido los 51.

Sabía que debía aposentarme y tomar el rumbo de mi vida; pero creía que aún me quedaba por hacer algo antes de eso: viajar a la India; visitar las ciudades sagradas y algún ashram.

Molly y Kevin, a quienes llamaba de tarde en tarde, me dijeron que se estaba formando un grupo para ir, y me apunté.


Anna y Laia lo comprendieron; prometieron cuidarme el piso y, en un gesto de generosidad, mantener, para mí, un puesto de trabajo en su librería.


Llegaron a Barcelona como un conjunto de alegres mariposas de colores y, cuando bajaron de su furgoneta, tan adornada, creí estar en un jardín.

Hacía dos meses que mi padre había fallecido, y yo necesitaba ya moverme, “estirar mi cuerpo y mi alma”, y estaba convencida de que lo que me vendría bien era un viaje a la India.

Me encontré con mis antiguos compañeros de comuna en el lugar convenido y estuvimos juntos todo el día. Pero no los invité a mi casa; había algo, una sensación que me impedía hacerlo, y al día siguiente lo comprendí: una parte de mí ya se había vuelto cauta, prudente, y sentía que sólo pertenecía al grupo en parte, no enteramente y sin reservas, como antes.

Así que les dije que vivía con unas tías mayores y que no podía llevar visitas. La realidad es que tenía la intención de quedarme a vivir en mi piso permanentemente, después de mis viajes, y deseaba conservar el respeto de mis vecinos, casi todos gente mayor. Ninguno de mis amigos me pidió tampoco ver mi domicilio: estaba claro que nuestra asociación era sólo para el viaje, yo no estaba ya en su círculo íntimo. También les advertí de que no tendría sexo con nadie que yo no deseara; pero iban muchas chicas, y a ninguno le preocupó lo que dije.


Durante unos días hicimos acopio de alimentos energéticos y de poco peso, agua embotellada y un par de botiquines de urgencia. Cada uno llevaba una mochila con su ropa, los documentos personales y algo de dinero. Yo, previsora, llevaba escondidos en mi cinturón de cuero unos cheques de viajero de una entidad americana, que servían para cualquier lugar del mundo. Un bostoniano alto y atractivo llamado Jason, se ocupaba de los permisos, visados y mapas. Kevin era el responsable de que no faltara el gas-oil para la furgoneta, que tenía pintado el nombre de Tallulah Belle.


Nuevamente me compré una guitarra para el viaje y dejé la de mi madre, dentro de su funda, a salvo, en mi piso del Paral·lel.


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