viernes, 12 de diciembre de 2025

CAPITULO 11: Encontrando al toro.

 


“Sale el sol mientras caminas

por la arena mojada de la playa;

tus pies descalzos van dejando unas huellas

llenas de preocupaciones, temores y penas.

Y verás, al mirar atrás, que el mar,

al borrarlas, se ha llevado todo

cuanto dejaste en ellas.”

(Francisca Gracián Galbeño.)



“Viviendo en la propia morada verdadera,

indiferente a lo externo,

el río fluye plácidamente

y las flores son rojas.”


(“Los diez toros del zen,” nº 9. Osho)


Carol se había acostumbrado bien a la soledad. Desde Agosto del 2.004 en que llegó a la playa, sólo salía para ir al pueblo cada dos o tres días, y en Navidad se ausentaba dos semanas, para pasarlas con su tía y su prima en Barcelona. La rutina iba poniendo un velo sobre su dolor, aunque le constaba que algunas cosas no se pueden superar, sólo soportar; y también sabía que mucha gente sufre, muchos llevan penas enterradas que quizá ya ni recuerdan, pero que duelen como una espina clavada.

A veces, cuando iba al pueblo, observaba a dos o tres mujeres reunidas en una esquina de la calle o en una mesita de la cafetería, y por un momento envidiaba sus vidas, que ella creía sencillas y tranquilas. Muchos meses después, cuando ya las había visto muchas veces por el pueblo, entró a tomarse un café con leche, en una tarde particularmente fría; las mujeres estaban sentadas charlando con animación y ella sonrió sin pensar; una de las tertulianas le devolvió la sonrisa y agitó una mano, y Carol se sintió impulsada a sentarse allí.

No era mucho, una tarde a la semana, y ella no fue capaz de rehusar la invitación a reunirse con aquellas señoras que tenían su edad, pero que parecían más mayores; en realidad, lo mismo que Carol; aunque sus vidas habían llevado rumbos diferentes, el tiempo y el sufrimiento dejaban huellas muy parecidas.


Cuando Carol llevaba más de un año allí, en la segunda Navidad, cuando llegó a Barcelona fue directamente a la Librería Bellsolá, con su pequeña mochila, pues esas semanas no dormía en su casa, sino en la de Anna, para pasar más tiempo juntas.

Ellas vieron en Carol una leve mejoría y ésta también la notaba; lo que no sabía era qué paso sería el siguiente.

Pero la vida, que le había negado algunas cosas, le ofrecía otras, y fue en esta ocasión y de una manera parecida a la que hacía unos años la había ayudado a girar, a tomar las riendas de su vida: por medio de un libro.


La Librería Bellsolá estaba muy bien surtida, y esta antigua hippie, cuyos gustos básicos no habían cambiado, se dirigió hacia las estanterías de literatura oriental y estuvo un rato saboreando títulos con la mirada, hojeando, valorando; y cuando creyó su escrutinio terminado, el título de un libro pequeño le llamó la atención: “La búsqueda. Los diez toros del zen.”

Ya conocía las ilustraciones; de hecho, en esos últimos años habían salido en varios libros y revistas especializadas; pero los comentarios eran siempre diferentes; hojeaba el libro con calma y, de repente, le gustó lo que estaba leyendo. Y se dirigió a la caja sonriendo, llevando el libro en la mano.


Aquella Nochebuena, Carol tenía otra mirada. Laia había insistido en regalarle el libro, y no le dejó que lo leyera antes de esa noche, a lo que su prima accedió; por su parte, había traído para Anna y Laia unas bufandas de colores que ella misma había tejido, con lanas y una pequeña aguja de crochet compradas en el pueblo.

Había necesitado mucho tiempo, porque sólo tejía cuando no le dolía la mano, que iba mejorando lentamente. Su tía le regaló unas zapatillas muy calentitas y un pijama de franela.

Cuando se despidieron, las tres intuían que se volverían a ver muy pronto.


Carol regresó al pueblo en un mediodía de principios de Enero; apenas bajó del autobús, fue a la tienda a comprar fruta y, antes de volver a su casa, entró a tomarse un café; la cafetería, a esa hora que era la de preparar la comida, solía tener solamente clientes masculinos, así que le extrañó ver a tres de las cuatro “amigas de los Jueves” reunidas en Lunes; después de pedir su café en la barra, se acercó y se dio cuenta de que estaban llorando.

- ¿Qué ocurre, chicas? ¿Y dónde está Loli?- preguntó Carol con el corazón encogido.

- Mañana es el entierro”- le respondió Susana- Murió esta madrugada; su marido la ha matado. Parece que la maltrataba desde hacía tiempo, pero como nunca le dejó marcas, no lo sabíamos. Debería haber dicho algo, hablar con nosotras. ¿Por qué no lo haría?

- ¿Y el marido?

- Se entregó a la Policía; él mismo les avisó. Dijo que no podía soportar más que a su mujer la mirase ningún otro hombre. Menos mal que no tenían hijos.- dijo Fernanda.

- ¡Cuánto lo siento!- repuso Carol- Pero a lo mejor no se atrevía a decirlo por alguna razón que ella sabría.

- ¿Vendrás al entierro, Carol?- preguntó Susana- Es a las cuatro de la tarde.

- Por supuesto, aunque toda mi ropa es de colores ¿Alguna tendría una rebeca negra, o un pañuelo grande y me lo prestaría?

- Yo tengo una chaqueta que llevaré yo- dijo Elvira- Y una pashmina de lana negra que traeré, puedes ponértela encima de la ropa.

- Aquí estaré.- dijo Carol, con tristeza. Y se alejó por el sendero que llevaba a su casa.

Había creído que estas mujeres llevaban vidas simples y sin complicaciones. Pero ahora comprendía que hay mucho sufrimiento que no se comparte. Y pensando en esto, se tocó la cicatriz de la mano con los dedos de la izquierda.


Aquella noche, después de cenar, Carol se metió en la cama con su libro; ya lo había hojeado por encima, en Barcelona, pero casi todo el tiempo estuvo en la librería de su familia echando una mano, porque en Navidades toda la ayuda era bien recibida. Anna insistía en pagarle esos días y aunque ella lo hubiera hecho gratis, su tía tenía ese gusto, y la librería iba muy bien, así que la sobrina siempre regresaba “rica”, como decía ella. Carol tenía una pequeña herencia que le había dejado su padre, pero sabía que no le duraría siempre. Además, aún era joven, y sabía que algún día volvería a trabajar.

En ese momento le vino a la mente aquella adolescente caprichosa que fue, cuando vivía en la comuna y dibujaba, con cierta habilidad, para sacar unos dólares, y con cuánta ilusión los entregaba al volver de los mercadillos; recordó la maestría de Jason, dibujando conforme viajaban por la India, reuniendo una colección de tipos y paisajes populares, con un arte que Carol no alcanzaría nunca, porque era un maestro del dibujo. En este punto, sacudió la cabeza y volvió a su libro.


“Los diez toros del zen” trataba de un viaje interior, buscando la consciencia, y cómo ésta era escurridiza al pensamiento, cómo había que “cazarla” al vuelo, en aproximaciones sucesivas, sin desmayar, sin cansarse.

Carol había aprendido a meditar desde muy joven, con técnicas varias; pero parecía que todas terminaban en un punto que no dejaba ir más allá. Este libro de los toros del zen era ligeramente distinto; el hombre que busca comienza muy atareado, como los chicos de la comuna, con muchas velas, inciensos, posturas, cantos…Este hombre lleva una cuerda para atar a su toro cuando lo atrape; pero el toro se esconde continuamente, y toda la astucia del hombre le sirve de poco.


En los dibujos 1 y 2, se muestra esta lucha de la mente; en el 3, el hombre escucha, se hace “uno” con sus sentidos y oye el canto del ruiseñor; ¡y entonces ve al toro! En el dibujo 4 lo ha capturado; en el 5 lo lleva a casa atado con la cuerda; en el 6, ha terminado la lucha, el toro ya no necesita que lo arrastren. La mente que luchaba ha dejado la pelea, y ahora el ser puede ver y sentir que “el sol es cálido, el viento es suave y los sauces son verdes junto a la orilla”, como intuye en el dibujo 3.

“Una vez que te has vuelto sensible al mundo que te rodea, tu sensibilidad puede dirigirse hacia dentro, hacia tu hogar interno. Necesitas ser sensible, y entonces puedes ver el toro en todas partes. Detrás de cada árbol y detrás de cada piedra, se esconde el toro. Toca con amor, e incluso la piedra responde y puedes sentir al toro ahí. Mira amorosamente las estrellas y las estrellas responden; el toro se esconde ahí.

El toro es la energía de la totalidad. Tú formas parte de ella. Si estás vivo y eres sensible, puedes sentir la totalidad.” (Osho.” Los diez toros del zen.”)

Carol se quedó pensativa; si hubiera encontrado este libro unos años atrás, quizá no le hubiera dicho mucho; pero ahora tenía la sensación de estar mirando por una puerta entreabierta. Y se durmió con una tranquilidad que no sentía desde hacía años… que a ella le parecían siglos.


En las películas siempre llueve cuando están enterrando a alguien. Lo recordó al levantarse por la mañana y ver el cielo encapotado. A las tres de la tarde se abrigó bien y se puso un pantalón de pana azul y unas botas; usaba una trenka de los años setenta, que había sido de su madre, en vez de abrigo, de colores, formando dibujos geométricos. Sus guantes también eran de colores; se llevó su paraguas, que era verde oscuro, y salió a paso ligero, por si caía el chaparrón.

Cuando llegaba al pueblo vio un corrillo de gente enlutada en el camino de fuera, que se dirigía al pequeño cementerio del lugar.

Elvira se destacó del grupo, sacó una pashmina grande y negra, y se la puso a Carol por encima, tapando los colores de su trenka.

Había un silencio que no se debía sólo a la muerte de una mujer, sino a la clase de muerte. Nunca había pasado allí algo parecido; no que algún marido hubiera tenido la mano ligera antes, sino nada con semejante final.

El sacerdote que había venido para el entierro, dijo su homilía con gran sentimiento y algunas mujeres lloraron. Y cuando todo terminó, la gente se dirigió en masa a la cafetería, porque la tarde estaba muy fría, y la lluvia parecía inminente.

Susana, Fernanda, Elvira y Carol se sentaron en su mesita y se quedaron delante de sus cafés en silencio; cada una de ellas pensando en Loli, en su triste secreto y muerte consiguiente, y en sus propias vidas, que no eran tan sencillas y transparentes como creían las demás.

- ¿Sabéis qué?- dijo Susana- Creo que sería bueno que cada una contara algo de su vida que nunca haya relatado a nadie, algo que la hubiera hecho sufrir, y nos permitiera verlo en perspectiva; creo que dejaría de ser algo terrible: podría servir para que pudiéramos empezar a superarlo. Por supuesto, lo que dijéramos quedaría entre nosotras cuatro estrictamente. Pero otro día, hoy ya hemos tenido bastante tristeza; si os parece, el próximo Jueves nos reunimos en mi casa, estaremos solas, porque mi marido estará en el hospital de Cornellá: mi suegra está ingresada y ese día le toca a él; y mi hija no vendrá porque ha salido de cuentas y ya no se mueve de Barcelona ¿os parece?

Todas asintieron; Carol no estaba muy segura, pero no dijo nada; “lo decidiré mañana,”-pensó. Y el grupo se dispersó antes de que la lluvia hiciera su aparición.


Aquella noche leyó: “Trata de decir “sí” más a menudo, incluso si te resulta difícil, porque con el “sí” la mente perderá su control sobre ti.”

Carol sabía que se refería a la falta de libertad que se da cuando la mente dirige la vida; y que aunque el raciocinio y la lógica son necesarios, en demasía, restan espontaneidad y felicidad a la persona. Se centró de nuevo en los dibujos 5 y 6: éste le encantó: hablaba del fin de la lucha.

“Montado sobre el toro, lentamente vuelvo hacia casa.

La voz de mi flauta suena todo el anochecer.

Midiendo con la mano el compás de la armonía palpitante,

dirijo el ritmo infinito.

Quien oiga esta melodía, se unirá a mí.”


“Comentario: La lucha ha terminado; se han asimilado la ganancia y la pérdida.”


Y unas páginas más adelante:

“Tu gozo, tu canto y tu danza, son la indicación. No necesitas cantar para que otros puedan oírlo; pero tú oirás el canto continuamente dentro de ti. Si quieres, puedes cantar y compartir, pero habrá una danza en tu interior. Cuanto más te acercas a casa, más feliz te sientes. La felicidad es la cualidad de la energía volviendo a casa.”


Carol durmió toda la noche arrullada por la lluvia. El Jueves fue al pueblo y se dirigió a casa de Susana; las demás ya estaban allí.

La anfitriona sirvió café con leche y bizcocho casero y cuando terminaron, preguntó:

- Bueno ¿Quién quiere ser la primera?


Y después de un breve silencio, Carol levantó la mano derecha, enseñó despacio la cicatriz, y empezó:


-Cuando mi padre murió, yo tenía veintidós años, y dos meses después de su fallecimiento emprendí un viaje a la India, con once compañeros. Diez de ellos vivían en San Francisco, en una comuna en la que yo también había vivido un par de años, antes de venir con mi padre a su Barcelona natal, donde él quería morir.

El otro compañero vivía en Nueva York y se llamaba Jason. Tenía una sonrisa arrebatadora, y era tan cariñoso…



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