viernes, 12 de diciembre de 2025

CAPITULO 12: Una hippie de pelo gris. La “vuelta al mercado.”

 

“Descalzo y con el pecho desnudo,

me mezclo con la gente del mundo.

Mi ropa está rota y polvorienta,

y yo soy siempre dichoso….(poema.)


… Voy al mercado con mi botella

y vuelvo a casa con mi bastón.

Voy a la tienda de vino y al mercado,

y todos a los que miro se iluminan. (comentario.)


(“Los diez toros del zen.”Osho)



“Dos meses habían pasado desde aquella tarde en que relaté, delante de tres amigas, la historia de Jason, de mi hijo y de mi vida. Y también, en semanas sucesivas, oí las confidencias de aquellas mujeres y, sin ser tan trágicas como la historia de Loli y la mía, eran sucesos que pesaban también en el corazón.

Nunca hubiera creído que hablar de mi sufrimiento lo aliviaría; y aunque nunca podría olvidar mi pasado ni a las personas que lo compartieron, me sentía como un río que ha sido estorbado en su corriente y ahora podía fluir otra vez.

Seguía leyendo mi libro de los toros cada noche; ya casi había llegado a los últimos, pero el número 6 tenía un comentario que quise apuntar en un cuaderno: “Y cuando la lucha ha terminado, uno comprende que todo estaba bien. La ganancia y la pérdida se asimilan. Errar también era parte del crecimiento, y entrar en el mundo era parte de la búsqueda…”

Me acercaba a los últimos números. En el 9 y el 10 no se ve al toro, porque ya ha sido integrado; en el 9 se observa un río, con un sauce en la orilla.

“Viviendo en la propia morada verdadera, indiferente a lo externo, el río fluye plácidamente y las flores son rojas.” ( última línea del poema )


Solía leer despacio y volver sobre lo leído en días anteriores.

La mano me molestaba menos, aunque la guitarra ya no podría ser parte de mi vida diaria, con gran pesar por mi parte; un día escribí un poema sobre Shadow (mi madre le puso ese nombre, que significa “sombra”, porque iba con ella a todas partes), y me pareció que me había salido bien, que expresaba mi sentir acerca de ella; y a mis amigas les gustó.

Y de repente, fue como si abriera un grifo que hubiera estado cerrado toda la vida. Empezaron a salir los poemas de mi pluma, casi de la misma forma en que resbalaban por mi mano los granos de arena de mi cuenco.

Y al escribir, notaba que mi corazón se volvía más ligero.


Una noche estudiaba los últimos toros; el 9 resultaba muy relajante, pero me parecía que el 10 era un poco chocante, según las filosofías que yo había estudiado en mi época más hippie; leía el poema y el comentario, iba del 9 al 10 sin encontrar la puerta que me llevaría al chispazo de percepción, como había leído que sucedía a veces.

Miraba la última línea del poema 9: “El río fluye plácidamente y las flores son rojas.” Y el comentario añade:” Mira el río: despreocupado de todo lo que sucede a su alrededor, fluye con profunda tranquilidad, con profunda calma, sin distraerse con lo que ocurre en las orillas. Permanece centrado en su propia naturaleza, nunca se sale de ella… Viviendo en la propia morada verdadera… esto significa simplemente ser uno mismo, no intentar ser alguna otra persona.”

Y en poema introductorio del 10 se lee:

“Descalzo y con el pecho desnudo”

(“muy corriente, como un mendigo”)

“me mezclo con la gente del mundo.”

( “este mezclarse con la gente es un gran reconocimiento de que todos los individuos son divinos. Así que no hay necesidad de irse para siempre al Himalaya, ni a un monasterio, ni mantenerse aislado. Mezclarse con la gente es mezclarse con Dios en millones de formas”).

“El otro mundo no está en ninguna otra parte, está aquí y ahora. Cuando tus ojos están limpios, los guijarros se vuelven diamantes; de pronto, todo es bello, divino, sagrado. Estés donde estés, estás en terreno sagrado. Lo sagrado te rodea.”


Y en ese momento, atrapé al vuelo algo sutil que me dejó maravillada:


“Voy a la tienda de vino y al mercado,

Y TODOS A LOS QUE MIRO SE ILUMINAN.”


Estuve un rato callada, absorta. Y después, como todos los “momentos de intuición”, se escondió de mi pensamiento, sin dejarse atrapar.

Sigo con el comentario del 10: “Ahora, uno encuentra a Dios escondido en todas las cosas. Ahora, la tienda y el templo son lo mismo. “Y todos a los que miro se iluminan, porque cuando ya estás iluminado, no puedes encontrar una persona que no lo esté. El día en que miraste dentro de ti, ese mismo día el mundo entero se iluminó para ti.”


Estuve detenida con estos dos toros, muchas noches, y me paseaba por la playa a mediodía, a pesar del frío del invierno, meditando sobre ellos.

Habíamos seguido reuniéndonos, las chicas y yo, en la casa que estuviera disponible, o en la cafetería.

- ¿Sabes, Carol, que nosotras pensábamos que tu vida no tenía secretos? Sabíamos que eras americana con ascendientes catalanes, pero no imaginábamos que fuiste tan aventurera; - dijo un día Elvira- es verdad que tenías un aire de hippie solitaria…

- Lo que era. – interrumpí; y de repente caí en la cuenta de que no dije “lo que soy”- Quiero decir que soy algo hippie aún, lo soy de corazón; pero lo de solitaria… creo que ya no tanto.

- Quería decir – siguió Elvira – que es interesante conocer a las personas, y también es una ayuda para la propia vida.

- Yo estoy de acuerdo, - dijo Susana – y me gustaría pedirte una cosa, si no fuera mucho atrevimiento ¿Nos traerías, para que la viéramos, la foto de tu hijo?

- Pues… -tragué saliva – haré algo mejor ¿Queréis venir el próximo Jueves a mi casa? Creo que ya sabéis dónde está.


No me pasó desapercibida la mirada de sorpresa que intercambiaron las tres; incluso yo me hubiera sumado a ellas, porque mi ofrecimiento me había extrañado a mí también; pero me pareció que alguien hablaba por mi boca. Tal vez mi fortaleza, que ya estaba dando nuevas señales de vida.


Y el Jueves siguiente preparé unas tortitas de calabaza con azúcar moreno por encima y café con leche calentito; y después de merendar, les enseñé mis cosas; mis libros, la guitarra de mi madre ( Shadow), las acuarelas, el osito de mi niño y las cinco fotos, de las que expliqué quién era quién. Todas le sonrieron a mi hijo. Jason, a mi lado en la del grupo de la India, recibió cuatro silenciosas miradas de compasión.


Aquella tarde, mi sendero de arena empezó a dibujar otras huellas, que vinieron aún muchas veces, para acompañar a las mías.


En Abril recibí una llamada de Anna, comunicándome que mi tía Vera intentaba hablar conmigo, y me pedía que llamase a un número de Boston, que Anna me dictó, y que yo no conocía.

Así que al día siguiente por la mañana me dirigí al pueblo para llamar desde allí por un teléfono público.

Y cuando conseguí la conferencia, me llevé una sorpresa: un abogado de Boston me solicitaba que le enviara unos datos. Yo sabía que mi abuelo materno había muerto dos meses atrás, después de sobrevivir un año a su hija Rosemary, la hermana mayor de mi madre, que era soltera y cuidaba de su padre. Como mi tía no tuvo hijos, lo que su padre dejaba era para las otras dos hijas: Vera y Linda, mi madre, y que al haber fallecido ésta, me tocaba su parte.

Envié los datos, para lo cual tuve que ir a Barcelona, y encargué a la hija de Elvira que me cuidara la casa, ya que ella estaba libre; porque suponía (con razón) que estaría fuera al menos un mes.

Así que metí mis documentos y el dinero en mi pequeño bolso de bandolera, y el osito, las fotos y mis pocos libros en la maletita en que vinieron. A la espalda llevaba algo de ropa en la mochila, lo más imprescindible. Y cuando iba a cerrar la casa, cogí también la guitarra. Lo demás se quedó, esperando mi vuelta.

Y con la amable ayuda de Josep, el mozo que me había pintado la casa por fuera, me dirigí al autobús que salía para Barcelona un rato después.

Las chicas se llegaron a despedirme. Yo le di a Elvira una copia de la llave, colgada en un llavero artesano de mi época de la comuna, que había hecho Molly, en cuero, de los cuales tenía varios, y le pagué un mes por adelantado, prometiendo volver.

Y cuando el vehículo partió, todas agitaron las manos en señal de despedida, y yo lo hice en señal de promesa.


El abogado americano me sugirió que un colega suyo en mi ciudad de residencia se pusiera en contacto con él para los trámites, porque la herencia era un asunto complejo, al ser yo americana y a la vez española, y con residencia en un país distinto al del testador, y porque la cantidad a heredar era bastante, y aun haciendo los pagos pertinentes, me quedaría mucho dinero. Cuando me dijo la cifra, casi me da un mareo: me llegarían aproximadamente 480.000 dólares, unos 80 millones de pesetas ; yo, que conocía esta moneda, aunque en la vida diaria funcionaba con los euros, como cualquier español, al ser grandes cantidades, lo pasaba a pesetas, moneda tan española y tan añorada ahora.

Aquella noche, cogí mi libro de los toros y leí:

“Las pinturas taoístas (porque los toros fueron una creación taoísta, aunque el zen les ha dado el relieve que tienen ahora, y la popularidad de que gozan) eran ocho al principio, y terminaban en el vacío; pero en el siglo XII, un maestro zen chino, Kakuan, volvió a pintarlas; y les añadió las dos imágenes últimas. Ésta es la contribución del zen a la conciencia.

Cuando uno entra en un viaje interior, uno abandona el mundo, renuncia a todo lo que obstaculiza el camino, renuncia a todo lo no esencial para descubrir lo esencial. Uno trata de quedar sin lastres para que el viaje se haga más fácil… Uno renuncia a lo externo, uno renuncia a lo interno, uno se vuelve vacío. Pero ¿es eso el final? Las pinturas taoístas acaban en el vacío. Kakuan dice que esto no es el final , uno vuelve al mundo, uno vuelve al mercado; sólo entonces está completo el círculo. Por supuesto, uno vuelve totalmente nuevo. Lo viejo se ha ido para siempre. Uno se hace corriente de nuevo – cortando madera, trayendo agua del pozo, etc. – Pero en lo profundo, el vacío permanece incorrupto…Uno vive sin ser afectado, como una flor de loto…Si no regresas al mundo para ayudar a los demás… es que el árbol aún no ha florecido…Kakuan trae al buscador de vuelta al mundo…él vuelve al mercado, pero permanece en su meditación…”


Me fui a dormir y al día siguiente me reuní con Anna, a quien tenía al tanto de todo; ella era la que me había presentado a un buen abogado, buena persona además, que era amigo de los Bellsolá, y yo había puesto mi caso en sus manos, en días anteriores, y ya se habían comenzado los trámites.

Ahora, sentadas las dos en su cocina, cuando Laia se fue a la librería, Anna me preguntó:

- ¿Sabes ya lo que vas a hacer, Carol?

- La verdad, creo que es el momento de “mover ficha”, Anna; pero no estoy segura de si acertaré ¿Qué me aconsejas?

- “Es mucho dinero, y debes pensar con calma lo que harás con él; pero, aparte de eso ¿qué harías si no lo tuvieras?

- Me gustaría trabajar en la librería; en dos ocasiones de mi vida, el hallazgo de un libro me ha encaminado en una buena dirección; por otro lado, tengo amigos en el pueblo y me daría pena abandonarles…

- ¿Y qué te parecería trabajar con nosotras, pero no como empleada, sino como socia? Podrías pasar tus vacaciones en el pueblo, y cuando lo desearas, siendo dueña, tomarte unos días. Te voy a contar una cosa y a proponerte un trato.

Tu padre y yo, más que primos, fuimos hermanos. Nuestros padres lo eran, y siempre vivieron muy unidos. Ellos habían heredado la librería y la llevaron siempre con mucha dedicación y cariño. Pero cuando Carles quiso estudiar Arquitectura, yo supe que no dirigiríamos juntos el negocio: de hecho, cuando nuestros padres fallecieron, él, que ya vivía en Nueva York, me vendió su parte por un precio simbólico, menor que el real, pues las cosas le iban muy bien, y a mí no tanto, entonces. Y eso es lo que te propongo: yo te vendo la mitad del negocio en las mismas condiciones; el resto de tu herencia, ya es decisión tuya. Piensa bien lo que harás antes de hacerlo.

- Mi padre me decía esa frase muchas veces, y no siempre le hice caso; pero he madurado, creo (y agité mis rizos, grises ya en su mayor parte). Acepto el trato, Anna. Laia y yo nos llevamos muy bien. Pero te pagaré lo que vale, y así podremos hacer mejoras ¿Te parece un pequeño stand de inciensos, abalorios, pequeñas artesanías, y cosas así? Le daría un toque de exotismo a la librería.


Laia se puso muy contenta y estuvo de acuerdo con el trato. Quedamos en que las dos empleadas conservarían su puesto, Laia seguiría llevando la contabilidad y la Caja, y yo, primero tendría que ponerme al día en lo que era un comercio de ese calibre (para mí, de cualquier calibre era mucho, puesto que nunca había trabajado más que en una cafetería neoyorkina y en una comuna). Pero estaba decidida a emplear todo mi esfuerzo y empeño.

Todavía no entré a trabajar, porque deseaba hacer algo primero (no, esta vez no me fui a ningún otro sitio). Tía Anna encontró lógico lo que le conté, y esperábamos solamente a que finalizaran los trámites de la herencia para hacerlo efectivo.

Y cuando todo estaba en marcha, y el abogado tenía ya preparados todos los papeles, permisos y escrituras, llamé a mis tres amigas y las cité en Barcelona, en un día que a mí me parecía radiante.

Mientras comíamos en casa de la amable tía Anna, les conté las últimas novedades y lo que pensaba hacer: lo primero, comprar mi participación en la librería familiar y trabajar en ella, con lo que tendría que vivir en Barcelona (al ver las miradas tristes de Susana, Elvira y Fernanda, me apresuré a seguir); segundo, comprar la casa de la playa, para pasar las vacaciones en el pueblo (ahí se animaron un poco); lo tercero, contratar a la hija de Elvira, que estaba sin trabajo, para cuidarme la casa, porque pensaba ir en los puentes, y de vez en cuando. También quería construir en el pueblo una oficina para la fundación que deseaba crear, y cuyos trámites ya estaban en marcha: la Fundación Carles Bellsolá Monroe (mi hijo), para proveer un fondo de ayuda a pescadores jubilados, damnificados, y viudas y huérfanos de pescadores, en la provincia de Barcelona; necesitaría a la hija de Elvira y a los hijos de las demás, que estuvieran disponibles, para trabajar allí. Y lo último, después de invertir algo para futuras emergencias personales, era destinar una cantidad importante a donaciones para beneficio de niños enfermos: con parálisis cerebral, enfermedades genéticas, enfermedades raras y cualquier tipo de dolencias, que pudieran mejorar su calidad de vida con esta ayuda que, al fin, era sólo de un dinero, que muchos, aunque lo tuvieran de sobra, no querían regalar.

- No he cambiado mis ideales – les dije – sigo siendo una auténtica hippie de corazón. Pero, como muchos de los hippies mayores han comprendido, y otros, que se han quedado anclados en el folklore, no quieren entender, llega un momento en que “hay que volver al mercado” (vi miradas de extrañeza); no importa, os lo contaré otro día. Elvira, la próxima semana me gustaría ver a tu hija: dile que, si está de acuerdo, traiga sus papeles, iremos a la Gestoría a realizar un contrato. No sólo deseo que cuide mi casa, sino también, ya lo he dicho, que esté en la oficina; y a vosotras os digo lo mismo con vuestros hijos. Pagaré cursos de capacitación a todos los contratados, incluso antes de que lleguen los albañiles. He comprado el pequeño solar que está cerca de la Cafetería, allí estará la oficina de la Fundación. Dentro de dos semanas iré al pueblo a pasar unos días y hablaré con quien desee añadirse a mi proyecto. Sé que me expreso como una ejecutiva, pero ¿sabéis? Sólo soy una hippie de pelo gris y el corazón más ligero, gracias a todas vosotras (y señalé también a Laia y Anna); soy una persona acostumbrada a pasar con poco y estoy deseando quitarme de encima un dinero con el que no contaba.

Cuando vuelva, después de estar unos días en el pueblo, me traeré la mecedora de mi padre; tengo aquí a Shadow, la guitarra de mi madre, y es necesario que estos dos objetos sigan juntos, como en realidad estuvieron siempre. Pero el resto de las cosas se quedarán allí, para recibirme cuando vaya a pasar unos días.


Para cuando necesite pisar otra vez mi sendero, hecho con arena de playa.”


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