“Oh, la voz que nos lleva
adonde no hay temores ni miserias,
esa música mágica
que vuelve la memoria adonde habita
esa niña en la arena de la playa;
esos días de sol en el tiovivo;
y las tardes de alegres cumpleaños.”
( del poema: “El ángel confuso”, F.Gracián )
“Mi padre fue a Nueva York siendo joven, en 1.958, con veinticinco años y una beca para un máster; y apenas comenzado el curso, conoció a mi madre, Linda Monroe, que trabajaba de mecanógrafa en una gran editorial, Buster & Sons, y enseguida se enamoraron.
El primer encuentro fue en la cafetería de la empresa en la que mi madre prestaba sus servicios, y adonde mi padre fue a buscar a un amigo español que le citó allí.
De modo que Carles Bellsolá, un joven catalán, inteligente y extrovertido, que trataba de hacerse un hueco en el mundo laboral, y preparaba su máster entretanto, entró en el local, bastante lleno por ser la hora del segundo desayuno de la mañana.
Pero a pesar de la gente, vio a una joven sentada en una mesita y le llamó la atención su larga melena de pelo negro. Cuando pidió su café y miró alrededor buscando un sitio, sus ojos se cruzaron con los de la muchacha y ella le sonrió. Él se quedó paralizado; entonces ella le señaló la silla vacía que tenía delante, en su mesa. Y él, procurando no derramar el café con el temblor repentino de sus manos, recorrió los pocos metros que los separaban y se sentó, después de poner con cuidado la taza sobre la mesa.
Así se conocieron mis padres.
Un año después ya estaban casados. Mi padre, que trabajaba entonces en un estudio de arquitectura, se abría camino tímidamente, pero con ilusión, en un mundo competitivo. Era un gran dibujante. Habían alquilado un modesto, pero cómodo apartamento en Brooklyn; durante la semana, el trabajo de los dos llenaba casi todo el tiempo; pero los Sábados hacían juntos la limpieza y la compra, y los Domingos iban al parque más cercano a su casa, paseaban y se sentaban a comer sobre la hierba. Eran felices.
Yo nací tres años después y fui muy bien recibida por unos padres ya impacientes. Cuando vieron mi cabecita de pelo negro, como el de mi madre (y el de la madre de mi madre, de ascendencia mejicana), a los dos les embargó la misma emoción. Yo era algo llorona al principio, pero mamá solía cantarme suavemente, y me tranquilizaba; a veces, en lugar de cogerme en brazos, se asomaba a mi cuna, con su guitarra colgada y tocaba acordes y arpegios, mientras canturreaba bajito. De hecho, entre los primeros recuerdos de mi vida están, el de mi madre con su guitarra, cantando, y el de mi padre, sentado conmigo en el suelo, enseñándome dibujos coloreados que hacía para mí y que yo trataba de imitar lo mejor que podía. Papá colgaba después mis “cuadros” en la pared de mi pequeño dormitorio.
Durante los primeros años de mi vida tuve de canguro, mientras mis padres trabajaban, a una vecina, viuda y mayor, pero muy cariñosa, que se venía a casa, me contaba historias y me leía cuentos; más adelante iba a recogerme al colegio, cuando mi madre no podía. A veces, incluso, tuvo que llevarme y traerme cuando en la escuela había alguna actividad fuera del horario de clases. Fue más una abuela que una canguro y siempre la consideramos de la familia; se llamaba Karen Kowalsky, pues sus padres eran húngaros, pero ella había nacido en América, cuando ellos ya estaban nacionalizados.
Algunos veranos íbamos a Cape Cod, en el estado de Massachusetts, Nueva Inglaterra, donde vivían las dos hermanas de mi madre, y el padre de las tres hermosas jóvenes, que durante un mes al año se reunían para contarse sus vidas, recordar tiempos pasados y dar una oportunidad a que sus hijos se conocieran.
A mí me gustaba ver a mamá tan contenta y oir sus risas, y por las tardes, asistir a las reuniones íntimas de la familia, con mamá tocando el piano o la guitarra, igual que las tías Rosemary y Vera.
Pero de vez en cuando, hacíamos una breve escapada, ya hacia el final de las vacaciones, y nos íbamos a España. Mi padre tenía, enmarcados, dos mapas en la sala de nuestro apartamento: Uno, de España, un mapa escolar en realidad, con sus provincias, y con las Islas Canarias puestas en un recuadro a la izquierda, porque estaban tan abajo de la península, que hubiera sido demasiado grande, y además saldría una gran parte de África, y se trataba, decía papá, de concentrarse sólo en el propio país. Naturalmente, yo aprendí que esas islas no estaban dentro de un recuadro, sino que eso era una convención práctica. El otro mapa, que colgaba a su lado, era de una parte de España llamada Cataluña, donde él había nacido y crecido, en una gran ciudad llamada Barcelona, en la Avenida del Paralelo, “Avinguda del Paral·lel”, como decía él, que conservaba un gran amor por su tierra. Cuando estábamos allí, íbamos al piso que había sido de mis abuelos, y ahora era de mi padre. Lo tenía cerrado, pero una prima se encargaba de cuidarlo, para que no se desluciera. Mi padre tenía el proyecto de terminar sus días en Barcelona, en su casa, que estaba cerca de Las Ramblas y de tantos otros sitios hermosos.
Mi madre hablaba español con mi padre, decía que para practicar; conmigo usaba el inglés; y papá se dirigía siempre a mí en catalán. Así que yo terminé entendiendo y hablando los tres idiomas, sin ser consciente de ello hasta que entré en el colegio y los profesores sólo me permitían hablar en inglés.
No tengo ninguna duda: tuve una infancia feliz. Ningún trauma de mi vida podría achacarse a la época de mi niñez.”
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