viernes, 12 de diciembre de 2025

CAPITULO 9: El dolor de los años oscuros.

 

Desesperanza


Señor, Tú dibujaste la luz de las mañanas,

y le diste a los vientos su cántico lejano;

alfombraste la tierra con las flores tempranas,

y dejaste a las aves hacer nido en Tu mano.


Tú creaste el volcán que en su delirio ruge,

y el arroyuelo manso que en silencio viaja;

y la tímida escarcha que a nuestro paso cruje,

y el calor del verano que la arena quebraja.


A un gesto de Tus dedos saltaron las estrellas

que adornan con sus oros la capa de la noche;

y a Tu voz cantan libres las cascadas, y en ellas

se proclama y repite de Tu amor el derroche.


Mas, al hacer al hombre, cansada ya Tu mano,

frágil, por Tu designio, recibió su camino;

y en su triste albedrío, el pobre ser humano

va dando tumbos, ciego, en pos de su destino.


( Francisca Gracián Galbeño)


Desde aquel lejano día en que Carol llegó a “su” casa en un taxi, sola, y encontró a un hombre malhumorado, y atareado únicamente en su exposición, y al cual trató en vano de conmover, habían pasado ya cinco años.

Nunca había pensado la joven que su vida se torcería de esa manera; cuando entró en la casa aquel triste día, y vio a Jason, le miró en una muda interrogación, sin poder hablar de la emoción. Y él, que acababa de visitar a su familia, le dijo de corrido, como quien tiene la lección bien aprendida:

- Escúchame, Carol. No estoy preparado para esto. Me debo a mi arte. Puedes vivir aquí, con “tu” hijo; quédate todo el tiempo que quieras. Sé que el niño necesita tratamientos y cuidados especiales, y que eso comporta gastos. Yo lo pagaré todo; como no podrás trabajar, yo te pasaré una cantidad todos los meses, suficiente para lo que necesites. Pero no cuentes conmigo para nada más. No estamos casados, ni tienes mi promesa por escrito. Mis padres no querían esto para mí; si reconozco al niño o me caso contigo, me desheredarán, y no podré pintar ni exponer en salas importantes. Lo siento. Tienes libertad para hacer lo que quieras a partir de ahora.- Y se marchó a la calle.

Carol no dijo nada: la pena y el orgullo le impidieron contestar.

En ese momento se dio cuenta de que Jason no le había llegado a enseñar su taller, ni tampoco conocía a sus padres. Si hubiera estado sola, o con un niño sano, se hubiera ido esa misma noche. Pero su hijo necesitaba una asistencia médica y unos tratamientos caros, que en España quizá no podría darle.

Así que rodeó su corazón con una armadura, que sólo se quitaba para dejar entrar al pequeño, a quien empezó a llamar Carl. Y dejó de compartir la habitación y la vida con Jason, y si coincidían en la casa, eran como dos extraños.

Cuando recordaba los días de amor y aventura que vivieron en su viaje, sufría mucho, por lo que procuraba no remover esos recuerdos.


Habían pasado, pues, cinco años y la joven no vivía más que para su hijo: rehabilitación, medicamentos, hospital; a veces le fallaba el corazón al niño, y ella misma le hacía un masaje cardíaco según le habían enseñado, le ponía las inyecciones y le sacaba de paseo en su cochecito.

Ahora Rosa estaba fija en la casa, y Carol sólo tenía que cuidar de su niño: Carl le sonreía a su madre y la llamaba “Ma”, hablando a veces con su lenguaje incomprensible; ella le hablaba en castellano, para que él pudiera entender también a Rosa, que lo quería mucho.

Jason pagaba puntualmente y no discutía nunca los gastos, pero cuando veía a su hijo, se limitaba a mirarlo brevemente, y no le habló ni lo tocó nunca. Siempre parecía enfadado, y Carol se preguntaba dónde había quedado aquel muchacho alegre y cariñoso que buscaba la iluminación en la India. Y cuando sus pensamientos la llevaban a ese punto sacudía la cabeza, para no seguir aquel viaje ni de lejos, pues eso le hacía daño. Veía claro ahora que su compañero de entonces sólo era un niño rico que había estado jugando a ser un hippie, y el peso de su familia no le dejaba ver más allá de sí mismo y de ellos.


De modo que la joven se ceñía a sus deberes maternales, que la ocupaban por entero y sólo se comunicaba con sus familiares de Barcelona y de Boston por teléfono; todos trataban de darle ánimos, y Carol se prometía que algún día se marcharía de Nueva York y se iría a Barcelona. A veces visitaba a Karen Kowalsky y a su sobrina, y llamaba a Molly de tarde en tarde; así se enteró de que Molly y Kevin se habían casado y tenían dos hijos varones y una niña, a quien pusieron de nombre Carol, lo que la emocionó mucho. Según parecía, todos los demás integrantes del viaje habían encontrado alguna clase de satisfacción, y seguían en contacto unos con otros. Sólo ellos dos llevaban vidas infelices.


Coincidió con un empeoramiento en el estado de salud del niño, que Jason tuvo algún tipo de problemas, de los que no habló con ella, pues sus conversaciones eran del tipo de: “Buenos días, buenas tardes ¿Necesitas algo? Si me llaman no estoy”. Pero sus efectos sí se dejaron sentir en la joven; dos veces la zarandeó de un brazo y ella no se atrevió a protestar, porque le vio la mirada turbia y temió por su hijo. Y poco a poco, esa conducta se hizo más frecuente.

Una noche en que Jason volvió muy borracho, o muy “colocado”, o las dos cosas, acusó a Carol de estar liada con el farmacéutico de la esquina; como si Carol tuviera tiempo o ganas de liarse con nadie; podría haberle respondido que estaba en su derecho si así fuera, pues sabía, además, que él no se privaba de tener “amiguitas”, aunque nunca las había llevado a su casa, y que ellos tenían un acuerdo que había impuesto él; pero su hijo estaba en plena crisis respiratoria y Rosa le estaba poniendo la mascarilla de oxígeno. Así que, de nuevo, se defendió débilmente y lo negó. Él se marchó, después de pegarle un bofetón en la cara; y Carol ni siquiera perdió el tiempo llorando, y se fue junto a su hijo, que respiraba mal y al que hubo que llevar al hospital.


La vida de Carol sólo experimentó las variaciones del empeoramiento paulatino de su hijo y el ensañamiento de Jason con ella; en una ocasión en que llegó con el semblante muy atravesado, viéndola sentada, acunando al niño y cantándole una nana, se dirigió hacia ellos como una tromba; Carol, intentando proteger a Carl, interpuso su mano, mientras llamaba a Rosa, que vino corriendo y se llevó al niño.

La joven se defendía, intentando no alimentar más la ira de él, que le dio una verdadera paliza; cuando la dejó y salió de la casa, Rosa llamó a una ambulancia, que se llevó a Carol: tenía rotas la mano derecha y dos costillas.

Jason fue a visitarla al hospital al día siguiente y le pidió perdón. Y durante un pequeño lapso de tiempo, se contuvo y no la tocó.


Carl murió en 2.002, con dieciséis años, contando Carol ya 40. Pero aquella ocasión en que Jason le rompió la mano, no fue la última vez que le pegó: había seguido haciéndolo con regularidad, y provocándole a veces, lesiones de consideración.

La mano le dolía a menudo, y ya no podía tocar la guitarra con la habilidad de antaño.

Rosa se marchó al morir el chico. Le dijo a la desolada madre que había aguantado por él, y porque le daba pena de Carol, pero que Jason también había empezado a empujarla a ella , y tenía miedo; y le recomendó a la joven que le abandonara. Pero a estas alturas, Carol no sabía ya reaccionar.


Probablemente habría caído en una depresión, de la cual la apatía que sentía era ya el primer síntoma, si no hubiera sido por un suceso que vino a salvarla.

Entraba el otoño; Carol arreglaba la casa y luego salía a caminar; había estado tantos años atenta a las necesidades de su hijo, que había descuidado su forma física y hasta intelectual. Ahora, sentía que debía marcharse por fin a España, pero le faltaba energía para arrancar.

Comenzó a salir por las tardes, temprano, cuando Jason no estaba, pues no deseaba más enfrentamientos; quería pensar sin temor a ser interrumpida. Un día llegó hasta una librería que nunca había visitado, y tuvo el impulso de entrar; y cuando salió una hora después con un libro en la mano, después de hojear muchos de los estantes, se dio cuenta de que durante esos sesenta minutos pasados allí, no había pensado en lo que había llegado a ser su vida. El libro que compró aquel primer día se llamaba “Regalo del Mar”, de la escritora Ann Morrow Lindbergh, y Carol admiró el espíritu de aquella mujer que supo afrontar el secuestro y posterior asesinato de su primer hijo, siendo un bebé, y se convirtió en una mujer fuerte.

Y Carol sintió que había un poder que intentaba levantarla también a ella.

Se acercaba el Día de Acción de Gracias, el primero en que faltaba el hijo; Jason le anunció a Carol que tenía una exposición en Boston antes de ese día festivo que ellos nunca habían celebrado juntos, cuando a la joven le importaba todavía; y que, de Boston se iría a Maine. Y después dijo algo que removió las entrañas de la muchacha: “No se te ocurra salir con nadie; y no te vayas de mi casa, porque te encontraré. Volveré dos días después de la fiesta.”

Carol asintió automáticamente, para no enfurecerlo. Pero cuando él se fue, ella ya había tomado una decisión. Si se iba, la encontraría; y si se quedaba… se miró los brazos y los muslos; ya se había acostumbrado a los golpes y ni veía los cardenales ¿Y cómo era posible que se alegrara cuando la paliza era floja, sólo un par de bofetones?


Se puso a la tarea en cuanto Jason se marchó. Recogió todas las cosas de su hijo, guardando una foto que puso en su bolso; no le había sacado muchas, pero su padre había encontrado las que tenía, una noche, y las arrojó a la chimenea, sin saber que Carol tenía otra, la mejor, dentro de un libro de recetas de cocina, y esa pudo salvarla ahora. Añadió otras cuatro que también estaban escondidas: sus padres solos, sus padres con ella de niña, ella de pie en la orilla del mar, en la India, mirando el agua, y la del grupo de los doce. Carol llevaría éstas siempre consigo. Después llamó a un Centro Social y les entregó toda la ropa, cuna, cochecito, aparatos, juguetes, todo cuanto había rodeado la vida de su niño, y que ahora podría servir para otros niños.

Dejó las pocas cosas que se iba a llevar en una pequeña maleta, y se fue a la estación a tomar un tren. Iba disfrazada, aunque sólo se dirigía a un barrio marginal de la ciudad, donde vivían un grupo de hippies que no la conocían, pero de los cuales tenía noticia. Sabía que existía una hierba “que no dejaba huella”, y de la que no se hablaba, pero ella la había visto en la comuna de San Francisco y estaba dispuesta a buscarla donde fuera preciso y a usarla, aunque era contraria a la violencia. Sin embargo, la actitud de Jason, que no había sido razonable desde que su hijo vino al mundo, ahora era ya paranoica ¿Para qué deseaba que ella se quedara? ¿Acaso quería matarla?

Carol sabía que, en su desesperación, haría lo que tuviera que hacer. Una licorera de cristal llena de coñac le duraba a Jason dos días; una cantidad adecuada de la infusión, sin sabor ni olor, haría su efecto en ese tiempo. Y ella se preparó.

El hombre llegaría dos jornadas después de la fiesta. Carol prepararía la infusión en la madrugada de ese mismo día, la dejaría templar y la añadiría a mediodía en la licorera.

Le dolía terminar así la historia que empezó con tantas promesas, con tanto amor. Tratando de estar tranquila, el día anterior fue a una iglesia y, en silencio, pidió perdón a Dios por el acto que iba a cometer al día siguiente.

Y la noche de la víspera sonó el teléfono y, en la pantalla, Carol vio el prefijo de Maine.



Cuando Carol vio el número de teléfono se asustó. Jason nunca la había llamado desde la casa de sus padres, en los casi diecinueve años que llevaban juntos en Nueva York. Y por supuesto, no conocía la voz de ninguno de sus parientes.

Al descolgar y decir, en tono inseguro: ”¿Diga?”, una voz muy seca, respondió: “Soy Jerome, el padre de Jason. Acaba de tener un accidente de coche, y ha muerto. Había salido un día antes porque tenía un asunto que solucionar en su taller. Y ahora, escúcheme. Mi hijo no estaba casado con usted, ni tenía ningún hijo. Le doy una semana para dejar la casa. Si trata de sacar algún beneficio o compensación, le prevengo que tengo el mejor bufete de abogados del país. Y no se le ocurra pedir una prueba de paternidad, porque no viviría para recogerla. No le permito que venga al entierro de mi hijo, será en la intimidad de la familia, de la que usted no forma parte. Dentro de diez días iré a esa ciudad y quiero encontrar la casa vacía. Déjele la llave al conserje.” Y sin otra palabra, colgó.


Carol pudo ver claramente, a través de la voz de Jerome, cómo este hombre había moldeado a Jason e influído en él. Porque en aquellos pocos meses en la India, cuando el muchacho estuvo lejos de sus padres, era amable, generoso y comprensivo; sabía escuchar y sabía dar.


Y pensó en cuán diferente habría sido su vida en común si no hubieran vuelto a Nueva York, si se hubieran quedado a vivir en cualquier otro sitio. Ahora estaba sola, tenía cuarenta años, y recordando sus días de felicidad, lloró sin poder contener su pena, por Jason y por ella; y sobre todo, por su hijo, que nunca sintió en su piel una caricia de su padre.

Y al cabo de un rato, se secó las lágrimas con las manos, moviendo con torpeza la derecha, donde aún tenía el surco rojo de una gran cicatriz.


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