“Cada mañana me traía una nueva invitación
a conferir a mi vida igual sencillez, y
me atrevo a decir inocencia,
que la de la Naturaleza misma; he sido
un adorador de Aurora tan sincero
como lo fueron los mismos griegos.
Me levantaba temprano e iba a darme
un baño en la laguna…
La mañana, el más memorable estadio
del día, es la hora del despertar…
Y por lo menos durante una hora,
amanece en nosotros una parte
que sigue luego adormilada durante
el resto del día y de la noche.”
(“Walden.” Henry David Thoreau,
Dónde moré)
La mujer se instaló en su casita y se dispuso a vivir una nueva vida. Pintó ella misma el interior, poco a poco, demorándose con amor en su obra. Los techos estaban bien todavía, decidió; quizá otro año. Pero llegaba el final de Agosto, y quiso proteger el exterior de la casa; eso ya era mucho para ella, de modo que llamó al boticario y le pidió que le recomendara a alguien para pintar el exterior y reparar unos tablones sueltos de la veranda del porche. Y esa tarde, el mismo chico que la ayudó con su equipaje, se presentó en su casa.
Carol le invitó a café y le explicó lo que quería; el muchacho asentía con la cabeza. No era charlatán y a ella le gustó. Quedaron para la mañana siguiente y, antes de irse, el mozo echó una mirada de aprobación a su alrededor.
- Al viejo Vila le hubiera puesto contento lo que está haciendo usted aquí - le dijo.
- Una persona tiene que estar a gusto donde vive.- respondió Carol sonriendo.
Y le acompañó un rato por el camino trasero, que iba hacia el pueblo. En el sendero que, saliendo de la puerta delantera (la única que había) rodeaba la casa, la mujer había comenzado a orillar los bordes con piedras recogidas en la playa; y en el porche puso un gran cuenco, en el escalón de arriba, cerca de la columna de la derecha, mirando hacia la playa, y lo llenó de arena dorada y bien seca por el sol; porque le gustaba sentarse allí al atardecer y mientras miraba el mar y recordaba viejos tiempos, o en ocasiones canturreaba sus mantras, o las canciones de su madre, hundía una mano en el recipiente y se dejaba acariciar por la arena cálida.
La casa empezó, poco a poco, a vestirse de calma y bienestar; Carol colgó un tapiz de vivos colores procedente de la India, y puso unas barquillas de madera para el incienso que prendía de vez en cuando. En una esquina de la cocina se hizo un hueco para poner una pequeña sala. Usaba pocos cacharros, y sus comidas sólo requerían una sartén para hacer algo a la plancha, y una olla para sus verduras y arroces; había llevado una gran ensaladera y una tetera, porque le molestaba una cocina con demasiados trastos. Incluso para hacer café, utilizaba un pequeño cazo y un colador de tela. Unos pocos vasos, platos, cubiertos y un par de tuppers. No había más.
En su “sala”, la mecedora, una mesa baja de madera con su banqueta y una estantería rústica y pequeña, donde puso sus pocos libros, sus grandes libros, que fueron de sus padres y que ella conocía y amaba desde niña: Una Biblia en castellano, que viajó a Nueva York con un ilusionado arquitecto que buscaba un destino, en versión Reina-Valera, porque Carles Bellsolá era protestante; un ejemplar del “Bhagavad Gita,” también de su padre, y comprado en Argentina, porque entonces en España no se vendían según qué libros, y que fue muy leído por Carol en una época de juventud algo agitada y, sobre todo, después de que volviera de la India; un tomo de poemas de Antonio Machado, el poeta preferido de sus padres y de ella misma; entre sus páginas contenía, copiadas a mano, algunas hojas de cuaderno con los poemas más profundos de Amado Nervo; un libro de poemas de Joan Maragall, en catalán, algo ajado porque acompañó muchas tardes solitarias de un hombre que se consolaba leyendo poemas hermosos en su idioma materno, el primero que oyó incluso antes de nacer; El libro “Walden,” de Henry David Thoreau, el filósofo americano que preconizaba la vida sencilla, en inglés; un tomo de los “Ensayos Escogidos,” de Ralph Waldo Emerson, otro filósofo, amigo del anterior, también en inglés; un libro pequeño por fuera, pero grande y profundo en su interior, los “Tratados Morales”, de Séneca, el filósofo cordobés, en español; el pequeño librito titulado “Regalo del Mar”, de Ann Morrow Lindbergh, en inglés; y una novela, el único libro renovable de su minúscula pero exquisita biblioteca. Y dicha novela, en estos momentos, se llamaba “El velo pintado”, del autor inglés W. Somerset Maugham, en castellano.
Carol colocó también sobre la estantería cinco fotografías: una de sus padres, jóvenes, sonrientes y enamorados; una de ellos dos con una Carol de cuatro años, jugando en la arena de un parque: sucia de tierra y totalmente feliz (detrás, en segundo plano, su vecina Karen Kowalsky); la tercera era la foto de un niño de unos diez años, parecido a Carol, reclinado en un cochecito de minusválido y con una sonrisa en los labios y la mirada ausente; la cuarta, ella, jovencita, con indumentaria típicamente hippie, en una playa de la India, de pie, mirando al mar, y el sol acariciando sus cabellos y su rostro. La quinta mostraba un grupo de doce jóvenes hippies, que sonreían felices; las ropas deslucidas, pero el sol brillando en sus miradas.
El té era el primer ritual del día, muy temprano, antes de amanecer. Ella salía con la taza humeante y se sentaba en el porche, sobre el escalón superior, y lo bebía lentamente, mientras observaba los cambios en el cielo y en el mar, precursores del día que nacía: el firmamento, de color negro azulado, se iba tornando en azul cobalto, volviéndose al poco tiempo de un azul ultramar que se pintaba de manchas lilas y más tarde, rosas: entonces se asomaba el sol, con timidez, y mantenía su color dorado hasta que el mar se animaba y lo recogía en su sábana, que había estado adueñándose de todos los colores que habían desfilado por su superficie, y se iba aclarando aunque con su propio ritmo, más lento, y con un compás dirigido por los cantos estridentes y alegres del montón de gaviotas que ocupaban la arena, desde que llegaban las claras del día, y que esperaban, como Carol, la caricia del sol cada mañana.
Ella asistía a estas alboradas y era testigo de este pequeño milagro, absorta, atenta, en silencio.
Y cuando el sol se levantaba en todo su esplendor, entraba en casa, se vestía con un pantalón de chándal y una camiseta y realizaba sus ejercicios de Tai-Chi, dejando el Yoga para el anochecer. Porque, habiendo conocido estas dos formas de ejercicio interno y externo en sus viajes, ya no pudo excluir a ninguno de ellos de su vida.
Carol los llamaba “mis dos pilares de paz.”
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