“El coleccionismo vive dentro del ser humano
desde tiempos inmemoriales.
Primero, se hacía acopio de comida, si se podía,
y de útiles para la supervivencia. Después, alguien vio
la belleza contenida en algunos objetos, ya fueran flores,
troncos, vasijas, piedras… No sabemos qué impulsó
a la primera persona a reunir muchas cosas de la misma
especie, a veces sin necesidad ni utilidad, pero había
nacido el primer coleccionista. Y no hay duda de que es
una actividad que produce placer a algunos.
Una de las primeras colecciones sería de objetos
encontrados en la naturaleza, como piedras, hierbas o conchas.
Estas últimas tuvieron doble uso, pues además de reunirlas
por el placer de mirarlas, fueron usadas como monedas
por muchos pueblos prehistóricos. Pero yo siempre
preferí, sobre todo, la belleza singular que refleja
un puñado de arena de playa.”
(Francisca Gracián Galbeño )
El coleccionismo no era una de las aficiones de Carol, aunque nadie lo hubiera dicho si la hubiera visto buscando piedras en la playa: llevaba un cestillo y cuando encontraba una que le gustara, la cogía, la miraba por las dos caras, le soplaba la arena pegada y la ponía delicadamente junto a las otras.
Esta actividad la dejaba para la hora del baño, a media mañana. Aunque ya en el mes de Septiembre hacía fresco y muchos días había resaca, la mujer estaba dispuesta a no dejarse amilanar por el tiempo…todavía.
Estaba construyendo su entorno a conciencia, rodeando su hogar y su vida a base de adornos naturales: con las piedras orillaba el camino que, saliendo de la puerta, torcía a la derecha y seguía la pared lateral de la casa, y al llegar a la parte trasera, se unía al viejo caminito que hicieron los pies del viejo Vila y su familia, cada vez que iban y venían del pueblo. Este sendero era de tierra batida, pero Carol comenzó a esparcir arena de la playa por la parte más cercana a la casa, como si quisiera seguir pisando la orilla del mar hasta que los primeros vestigios de civilización la avisaran de que se estaba acercando a otro lugar donde no estaba ella sola.
Con las conchas hacía móviles para colgar en el porche y sentirlos con el viento, cuando a ella le parecía que cantaban su propia canción, primitiva y sencilla, que sólo podría entender una persona con el corazón totalmente removido, como ella. Además, en cierto modo, le recordaba algunas tardes agradables y lejanas pasadas en la comuna, cuando Molly la acompañaba con unas conchas simulando castañuelas, mientras ella tocaba la guitarra, y las dos canturreaban, para disfrute propio y del grupo.
Puso unos tiestos de geranios en la veranda, pues le alegraban la vista y al tocar las hojas, sus manos se impregnaban con el olor de su infancia, pues en su apartamento, sus padres tenían siempre un par de macetas de esas flores.
La arena tenía dos funciones: una, calmar las molestias que sentía a veces en la mano derecha, secuela de un accidente doméstico de su juventud; la otra, reflejar en sus pequeños granos multicolores la belleza del sol y recordar a la mujer que los miraba mientras pisaba con sus pies descalzos, o los dejaba deslizarse entre sus dedos, que nada, ni siquiera la dureza de las rocas, permanecía para siempre.
Una vez arreglado todo a su gusto, Carol se hizo su rutina, de meditación, ejercicio, comida, lectura, dibujo, etc., y asignó un tiempo para ir al pueblo: cada tres días, recorría el sendero bordeado de piedras que iniciaba el acercamiento a la sociedad; iba a la tienda a comprar sus verduras y su pescado, y encargaba los productos que no se vendían allí: arroz y pan integral, soja en formas variadas, infusiones… Hubiera podido traerlos ella de Barcelona, si hubiera querido ir, o encargarlos a algún vecino que fuera a la ciudad. Pero Carol deseaba que los tenderos tuvieran la oportunidad de ganar con su estancia, porque si algo había aprendido, era a colaborar con la gente del lugar donde viviera.
Al principio, se limitaba a la tienda y la botica, pues cualquier encargo que necesitara hacer, lo realizaba a través del amable dueño, al cual, como a otros habitantes de allí, le hacía gracia y enternecía su corazón aquella neoyorkina que les hablaba catalán sin acento extraño, pues no sabían que su padre y ella nunca se hablaron en otro idioma. Más adelante, descubrió una pequeña papelería, minúsculo mundo con olor a papel y a días de infancia, según le pareció a la mujer, que había crecido entre libros y planos y apreciaba esos aromas más que los de un perfume de París. Así que se añadió como cliente adquiriendo unos cuadernos cuadriculados.
Poco a poco comenzó a charlar con la gente. Pero procuraba no dar pie a intimidades con nadie. Los lugareños la veían volver a su casa sin hacer comentarios; ellos, hombres del mar, eran tan solitarios como ella, y sus esposas, igual de impenetrables.
De modo que la parte de sendero que estaba más cercana a la casa de Carol, sólo dibujaba las huellas de ella, y esto fue así durante mucho tiempo. Durante todo aquel invierno, el primero en que ella empezó a sentir que podría recobrar, por fin, la paz que había perdido tanto tiempo atrás.
---oooOOOooo---